monólogos (i): los comunistas somos así

Sabe usted que yo no le he trabajado un día a nadie. Claro, si yo soy comunista, así somos nosotros. Yo estuve muchos años en el exilio, y me pagaban todo, en Venezuela, luego en Francia -nunca quise aprender Francés para que no me hicieran trabajar-, luego en Australia. Ahí sí que aprendí el idioma, pero porque conocí a una australiana, preciosa ella, todas sus cositas en su lugar, sabe, además buena para bueno, usted sabe, para el sexo. Si yo gorrié como quise a mi señora que se quedó aquí en Chile. Buena mujer, pero uno es hombre pues, tiene necesidades. Y me lo perdonó todo sabe, cuando llegué a Chile sin un cinco, con lo puesto, si la australiana me echó en cuanto supo que yo tenía señora, y ya acá Pinochet ya se había ido, así que no tenía nada más que hacer afuera. Cuando volví ella no me preguntó nada tampoco, pero igual se las reconocí todas, le conté todos los nombres, cada chiquilla que tuve, todas las canitas al aire, y es que ¿cómo no le iba a contar? Esa mujer es una santa, aunque se supone que nosotros los comunistas no creemos en eso, pero usted sabe, la señora ya es mayor, ya no me consiente en esas cosas, se queja mucho, así que me esfuerzo por seguir fiel. Dicen que los ginecólogos les pueden dar cosas para eso, ¿qué opina usted? a mi ya me dice que esas son cosas de jóvenes, pero yo creo que se puede.

Así que los comunistas somos una manga de flojos fíjese. Yo a mis años me doy cuenta de eso, pero para qué cambiar, y menos teniendo toda la salud gratis, que es lo que a mis años da más gastos, y más encima que mis hijos, que ganan harta plata en Estados Unidos, me depositan todos los meses unas buenas lucas, así que moriré de pulmones vírgenes nomás.

Oiga lindo reloj, ¿le gustan los relojes? mire, vendo barato unos bien elegantes, me los trae mi hijo, trabaja en una línea aérea, siempre se pierden en los aviones, igual que los lápices, le voy a traer uno de regalo. Mi señora le dice que no haga estas cosas, que lo pueden despedir, pero qué tanto, si todos robamos un poco, un poco no se nota.

fatiga de material

Simplemente cedió. Fatiga de material, inexorable paso del tiempo, peso excesivo, o tal vez sencillo desequilibrio, de un momento a otro se fue al suelo en un casi poético desplome que vió a su pesado cuerpo aterrizar en el asfalto, al tiempo que mi auto circulaba por las lindas calles de tu barrio. Las normas del buen ciudadano son las que me hacen decir casi antes de poético, pues con toda honestidad la caída no pudo tener una mejor puesta en escena: El impacto con el suelo fue brutal, cinematográfico, seguido por un suave deslizamiento por la pendiente algo abrupta del lugar, mientras otra caída, la de su bolsa de las compras del día, ocurría en un ángulo oculto, pero ahora se manifiesta por el ruedo de dos rojos tomates que terminan su camino un par de metros calle abajo.

No son maneras de terminar, está claro. Golpeada en el suelo, transpirada ante el inclemente calor del verano, desamparada, sola. Frágil, débil, gorda, sola.

Lentamente paso de largo, mirando por mi espejo retrovisor, sin perder momento alguno del espectáculo, mientras pienso de qué material estoy hecho yo.

bodas de oro

Lo tenía todo decidido desde antes. Guardó más temprano que lo habitual los aviones de alambre que vendía en la calle y marchó rumbo a su casa. ¿Vieja, estás lista?, preguntó al momento de entrar a la casa. Casi lista viejo, respondió la temblorosa voz de la anciana, al tiempo que salía del baño con su traje de pantalón blanco y blusa negra con lunares. El viejo entonces entró raudo al baño, ¿me tienes la ropa lista?, Claro viejo, colgada en la puerta, ¿la viste? Si, si, ya la ví. Se sacó su transpirada camisa, mojó la toalla y la pasó por su cara y luego sus axilas. Con cierta dificultad sacó sus pantalones y se colocó los de su traje negro, de fina factura pero ya gastado por el paso de los años. No dio importancia al gastado cuello de su camisa, anudó su corbata y salió del baño. Ella completó su atuendo con un sombrero de ala larga en diagonal y lentes de sol de carey hexagonales que cubrían la mitad de su cara, él acomodó su corbata y se puso su chaqueta y juntos salieron de la casa y subieron al viejo Opala café estacionado en la calle.   

Y en el viejo Opala partieron, zigzagueando por la calle los dos ancianos, sonriendo tomados de la mano. Apagaron sus audífonos ante los constantes bocinazos de los autos a los que constantemente casi chocaban en su ondulado paseo, y así ninguno de los dos escuchó cuando el otro dijo Ya es hora, y el viejo sonrió, aceleró frente a la luz roja, y agradeció a sus osteoporóticos huesos y a su viejo auto sin airbag al momento de recibir el súbito y demoledor impacto del bus.

cáncer

Vive con ella desde hace treinta años, ella dice que él es un amigo suyo, él dice que ella es su pareja. Ella se está muriendo, y cáncer le duele todo el tiempo. Él la cuida, a sus 85 años hace lo que puede y testarudamente dice que hasta la muerte será él quien esté con ella, que nadie más que él tiene que hacerlo.

Ella llora de dolor cada noche, y pierde horas médicas porque no leyó -ni él tampoco- el papel enésimo que le dieron en el hospital. Si, ese pequeñito color verde que decía las catorce treinta de ayer.

La mejor amiga de ella no es precisamente la mejor amiga de él. Ella, la amiga, cree que allá atrás del sitio es donde está la ex mujer de él, que un día hace muchos atrás decidió desaparecer. La amiga cree que quien lo decidió en realidad fue él, y la mantiene allá atrás, bien bajo tierra. Que tras una vida de golpes y vejámenes varios lo mismo pretendía hacer ahora con ella, pero que el cáncer llegó antes y lo dejó de forzado enfermero.

Ella sigue llorando, y su amiga ahora también llora. Llora porque morirá, como todos también moriremos, pero con más dolor que el resto, ese dolor que ya no es del cáncer, es del callejón sin salida de su vida.

Esto, señores, no es ficción.

ochenta

Mayo de 2007. Una mujer de unos ochenta años llega de urgencia, lleva varios días con dolor abdominal, nauseas y vómitos, apenas y ha podido comer algo. Algo deshidratada, desde hoy febril.

Decido enviarla al hospital, donde fallece esa noche.

Cinco días después un anciano en sus ochentas llega a consultar. Le duele la espalda, le duele la cabeza, dice no dormir muy bien. Su espalda contracturada, su presión arterial por las nubes.

-Doctor, usted vio a mi señora el otro día.
-¿Ah si? ¿Cómo se llama?

Al escuchar el nombre pude entender mejor. Un cierto sentimiento de culpa se apoderó de mi, culpas no sólo mías, sino de todo un equipo que quizás no detectó cosas a tiempo. Una sensación culposa por cierto injustificada, pero no por ello menos real. Darse cuenta de que este hombre está aquí no tanto por el insomnio, ni por el dolor, sino más bien buscando una explicación, algo que permita un consuelo, o quizás tan sólo un desahogo. Y entonces las preguntas ¿Confía en mi? ¿Confiaría yo en mi estando en su situación? ¿Qué espera de mi?

Perder de pronto aquello que pensaste que siempre tendrías, aquello que ya era parte de ti. ¿Podría yo acaso?

Enero de 2008. Más de seis meses después lo veo en la sala de espera. Revisando la ficha me entero que en septiembre intentó suicidarse, se tomó todas las pastillas que encontró. Pero ya no haría esa tontera oiga, no pues.

Hace quince días murió su hermano, una trombosis, dice. Está triste. Pero sé que es la vida, sabe, ahora veo las cosas de otra forma. Tengo un nieto que crié como un hijo, no quise que el que dejó embarazada a mi hija lo reconociera. Quiero que termine los estudios, quiero estar sano para eso. Ahora no veo mucho, me operaron hace poco de la vista, particular me lo hice pues, si en el hospital no tenía para cuando. Ahora el treinta y uno tengo control con el doctor, a ver si me saca los puntos, me dijo que no podía hacer esfuerzos, así que no he trabajado nada, pero yo no estoy habituado a estar así pues. Trabajamos harto con mi vieja, ahorrábamos nuestros pesitos y ahora por eso estoy tranquilo, le dimos educación a los hijos, pero quiero trabajar.

Uno de sus hijos quiere internarlo en una clínica para hacerle exámenes. Pero yo soy así como me ve pues, soy un hombre de campo, no me gusta vestirme bien y usted sabe, uno tiene sus maneras. Qué voy a ir allá donde esa gente bonita, si uno tiene que estar donde le corresponde. Ahí estaría jugoseando nomás, como dice el nieto.

Y lo veo sonreír.

Es una sonrisa pura, transparente, que sólo puede surgir cuando el dolor ha cedido. Una sonrisa que envidio.

escena dos

– ¿y Manuel?
– Está muerto
– ¿Y Toñito?
– El tío Antonio también
– ¿Y Claudio?
– Muerto
– ¿Juan?
– Ese soy yo mamá..

Juan tiene unos cuarenta años, y lleva a caquéctica madre en una silla de ruedas. El paseo diario que la mujer exije.

– Sin mayor gestualidad el listado prosigue
– ¿Y Danilo?
– Se fue a vivir afuera, te acuerdas que se casó con..
– ¿Y María?

No hay respuesta.
– ¿Y Andrés?
– El papá hace años que murió, mamá.

Juan aprieta los dientes, respira profundo, sigue llevando esa silla de ruedas, cada vez más cuesta arriba.