j.m. coetzee – desgracia

¿Por donde comenzar? Leer a Coetzee es un placer. Su narrativa fluye con gracia, en un estilo inconfundible. Es capaz de crear personajes que si son tan queribles es porque en su complejidad e imperfección se hace difícil no lograr un sentido de identidad. Desgracia, de 1999, es un perfecto ejemplo de lo anterior.

¿Qué hace un académico con una contundente formación y arraigo en la civilización occidental al de pronto verse caído en desgracia, rechazado y despreciado por su medio y arrojado a un mundo donde su erudito conocimiento resulta frustrantemente inútil? Una de las múltiples reflexiones de Desgracia -y por cierto, de la obra de Coetzee- es este choque de mundos. David Lurie se enfrenta al nativo Petrus en una contienda que no tiene posibilidad alguna de ganar, y para mayor desgracia suya, su hija hace tiempo ha aceptado y comprendido la derrota. Es una abrumadora barrera lingüística-cultural que se impone y que impide que Lurie logre producir un cambio en la naturaleza de las cosas. Una y otra vez resultan ineficaces las acciones de este hombre, suerte de antítesis de Michael K, el nativo iletrado protagonista de la novela de Coetzee de 1983.

David Lurie se ve también confrontado con su propia naturaleza. ¿Cuán diferente es él de los hombres que violan a su hija? ¿Es que acaso su erudita explicación para su casi-violación de Melanie lo hace distinto a unos hombres que violan a su hija como medio de marcar su territorio?.

Progresivamente David Lurie cambia. Cambia el argumento de su opera sobre Byron y lo transforma en no más que una cantata en banjo, al tiempo que finalmente logra desprenderse de su hija, y desarrolla un inicialmente improbable aprecio por los animales abandonados aún sabiendo que lo que haga por ellos no cambiará nada. Pese a ello Lurie no deja de ser quien es, y tal como en un comienzo, continúa necesitando saciar su deseo con prostitutas. Ha cambiado, pero sin dejar de ser quien era.

Desgracia es una novela compleja, densa en sus temáticas, con múltiples aristas, pero que al mismo tiempo se deja leer con soltura, incluso en los pasajes más crudos, sobre los cuales Coetzee no lima aspereza alguna. Una novela que deja más que claro el por qué J.M. Coetze es un clásico moderno.

la infancia de Coetzee

Leo Infancia, el primer volumen de memorias de J.M. Coetzee. La infancia de Coetzee que elije ocurre mientras el autor tiene 10 u 11 años. Quedan aún unas treinta páginas más por leer, pero siento que ya hay algunas cosas que debiera dejar por escritas.

Hasta donde recuerdo, mi único acercamiento previo a unas memorias eran del mismo Coetzee y su Juventud. Curioso estoy ante la infancia de Saramago, por cierto. El primer elemento en asombrarme fue cómo el relato es desprendido de la propia realidad, refiriéndose a sí mismo en una tercera persona omnisciente. Un narrador que todo sabe de este muchacho más bien serio, culposo, absolutamente consciente, gris y carente de la ingenuidad con la que muchas veces se presenta a los niños.

A los ojos de este niño de mediados del siglo XX vemos también las tremendas diferencias y barreras que se establecen en sudáfrica entre los afrikaners, los ingleses, los nativos y los de color, diferencias que posteriormente marcarán buena parte de la obra del Nobel de Literatura 2003. Muchos mundos en un sólo mundo, los frutos ya comenzando a madurar de un proceso que sólo llevará más adelante a más y más resentimiento en una nación que desde el comienzo estuvo marcada por las diferencias raciales, y los síntomas del daño no se escapan de la visión del niño.

Por supuesto, tampoco se escapan las relaciones entre sus pares, sus padres, familiares y profesores, con una curiosa -para uno como adulto- manera de explicarse las relaciones humanas, pero que quizás no se aleja tanto de la realidad a fin de cuentas.

Cada capítulo parte con una descripción de un hecho puntual a partir del cual van brotanto más y más recuerdos y sentimientos asociados. Todo es observado desde lejos, sin traducciones adultas, sin ser tocado, libre para que podamos hacer nuestras propias interpretaciones, para que podamos acercar nuestra propia experiencia y recordar ese tiempo en que eramos niños, en que pensábamos distinto, pero en que no necesariamente eramos todo lo ingenuos que quisiéramos haber sido. Un tiempo en que se forjó el quién somos hoy.