diario de un mal año – J.M. Coetzee

Algunas semanas atrás me encontraba en la búsqueda del regalo perfecto (que en mi caso habitualmente se trata de un libro) en una de las varias librerías del barrio, al tiempo que como hago habitualmente, me dedico a observar las búsquedas y comentarios de los demás clientes. Así es como me percato de que ahí estaba una señora bien en sus cincuentas, delgada, pelo negro liso en perfecto peinado, con ceñido abrigo de cuero, me da la espalda mientras mira las estanterías. El dependiente de la librería, de brillante calvicie, la asesora. Yo, unos pasos más atrás, sonrío al encontrar el regalo mientras no me pierdo la situación.

Ella toma 2666 de Bolaño, y dice, más fuerte de lo necesario, ¿sabías que yo a él lo conocí? si claro, yo fui su musa en su momento, -y agrega displicentemente- pero me cansé de él.
Luego prosigue mirando libros hasta que toma Diario de un Mal Año, de J.M. Coetzee.

¿Y éste qué tal es?, pregunta.
¡Malo!, responde grotescamente el dependiente, generando dos reacciones, la de la mujer de rápidamente dejar el libro del Nobel 2003 y tomar el último de mi no muy querido Philip Roth (“Buenísimo”, dice el calvo), y por otro lado una intenso malestar en mi, una extraña mezcla entre rechazo, impotencia, amor propio herido y dolor de espalda. La sensación me lleva últimamente a abandonar la tienda sin siquiera comprar el regalo ya elegido, al tiempo que le escucho decir “es que en cada página hay tres historias, un desastre, muy pretencioso, no se puede ni leer”

“¡Malo!”. Existen libros ¡Malos!? Me imagino que en la secciones de autoayuda y de bestsellers seguro que los habrán. Pero, ¿Es Diario de un Mal Año un libro ¡Malo!?

Hasta ahora no he encontrado un libro de Coetzee que no me haya gustado. Quizás con Vida y Época de Michael K tuve más dificultad para seguirlo, dado un protagonista tan lejano, tan autista, con quien era tan difícil de sentirse interpretado. Pero novelas como Hombre Lento, Desgracia, La Edad del Hierro, o Elizabeth Costello son trabajos magníficos que he disfrutado de sobremanera, y que en su momento volveré a leer sin lugar a dudas.

mal año

Diario de un Mal Año (2007) es un trabajo bastante particular. Siguiendo el experimento novela-ensayo de Elizabeth Costello, ahora Coetzee da un paso más allá. Ahora es una versión ficcionalizada de él mismo quien en medio del proceso de generar una serie de ensayos con título de Opiniones Contundentes a ser editado en Alemania, conoce a Anya, una voluptuosa mujer a quien en un ridículo intento por mantenerla cerca suyo la contrata como su secretaria, encargada de transcribir los textos escritos a mano. Así, cada página aparece dividida en dos secciones, la primera con los ensayos transcritos por Anya (con ocasionales errores de escritura incluidos), mientras en la segunda leemos el diario del mal año del señor Coetzee, a menudo referido como señor C. por la mujer, quien pocas páginas más adelante pasa a tener voz propia en una tercera división de la página.

Las opiniones contundentes del señor C., tal y como es el caso de las lecturas de su otra alter ego, la señora Costello, pueden resultar controversiales, y podría pensarse que de cierta forma Coetzee amplifica sus propios pensamientos aprovechando el formato de novela, y que corresponden no a él mismo, sino que al Coetzee ficcionado, en un juego que el autor probablemente no tendrá el mayor interés en aclarar, y que probablemente no tiene tampoco mayor importancia. Así, son analizados temas como Al Qaeda y el Terrorismo, la Democracia y el Anarquismo, Guantánamo o la Pedofilia, el Lenguaje y las Matemáticas.

Anya transcribe no siempre de buena gana, y le pide a C. si acaso no le apetece mejor escribir una novela (“es lo que se le da bien, ¿no?”). Sin embargo C. le replica: “las historias se cuentan a si mismas, no las cuenta uno… Espera a que la historia llegue por si misma. Espera y confía en que no haya nacido sorda, muda y ciega”, frases que no sorprendentemente recuerdan al rol de Elizabeth Costello cuando se le aparece a Paul Raymond en Hombre Lento, e intenta que su historia, que llegó a ella, que ella no buscó, sea una historia digna de contar, sin realmente lograr sus propósitos.

Tras concluir sus opiniones contundentes, un amargo C. da forma a un segundo diario. Esta vez se trata de pensamientos más bien personales, ideas para relatos, música, entre otros, mientras la relación con Anya sufre un duro golpe con la irrupción de Alan, su pareja, quien aparece esta vez como una cuarta voz.

Diario de un Mal Año sigue así la línea de los múltiples niveles dentro de un mismo trabajo que J.M. Coetzee ha desarrollado en trabajos anteriores. Al contener ensayos conjuntamente con una historia relatada desde puntos de vista diferentes en la misma página puede resultar un desafío, pero curiosamente se deja leer con facilidad. Su formato también permite relecturas posteriores segmentadas, mas lamentablemente no incluye un índice detallado de los ensayos contenidos. Ciertamente el señor C. hasta en su peor año es capaz de brindarnos obras de un nivel extraordinario.

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j.m. coetzee – el maestro de petersburgo

Aquel fue uno de mis mejores veranos. Tardes enteras, mañanas y noches también, dedicadas a leer y releer las 657 páginas de una de las más grandes obras de la literatura universal. Por supuesto, de ello sólo me enteraría un par de años más tarde. Ese verano era únicamente una novela que me estaba transformando. Haber encontrado Crimen y Castigo en medio de una biblioteca que privilegiaba novelas bélicas, ciencia ficción, libros de vaqueros y best sellers olvidados en el tiempo, sin lugar a dudas fue un golpe de suerte.

Cautivo desde la primera página, en que el joven Raskolnikov, Rodia para sus amigos, se esconde de la dueña del mísero cuarto que arrienda. Impactado por la brutalidad con que unas 50 páginas más adelante, asesina a la usurera prestamista. Y aún quedaba tanto más.

Sospecho que en su momento también existió un joven John Maxwell Coetzee maravillándose con la historia y las implicancias de Crimen y Castigo, así como también con El Idiota, Los Endemoniados y Los Hermanos Karamazov, y en 1994 esa admiración tomó forma de novela.

En El Maestro de Petersburgo, Fedor Dostoievsky se transforma en el protagonista de una novela que bien podría haber sido escrita por si mismo. Así, El Maestro.. ficcionaliza un período de la vida del ruso a partir del cual podría haberse gatillado una de sus más importantes obras. Leer cada página de esta novela es volver a la atormentada Rusia de la segunda mitad del siglo XIX, esa Rusia que era caldo de cultivo para los cambios que se harían realidad en el siglo XX.

De manera similar a ver la película tras leer el libro, leer El Maestro de Petersburgo sin conocer las obra del ruso es un ejercicio interesante, pero incompleto. Cuando se es capaz de reconocer los hechos y personajes, y asociarlos y pensar que pudieron inspirar obras maestras, es imposible que no se genere una emoción intensa capaz de erizar los pelos, de sentir frío en la espalda sospechando lo que entonces está por venir. Y lo que está por venir no es sino un climax marcado por los hechos que gatillarán la escritura de Los Endemoniados.

Por supuesto, la situación es al revés. Coetzee domina de tal manera la obra de Dostoievsky que es capaz de crear este dostoievskiano mundo para explicar la génesis de su obra. El Maestro.. no es sino un acto de humildad y agradecimiento, una forma abierta de asumir una influencia y crear con ello algo único. Una invitación a explorar la obra de Dostoievsky una vez más, y desde luego a seguir muy de cerca a Coetzee.

j.m. coetzee – desgracia

¿Por donde comenzar? Leer a Coetzee es un placer. Su narrativa fluye con gracia, en un estilo inconfundible. Es capaz de crear personajes que si son tan queribles es porque en su complejidad e imperfección se hace difícil no lograr un sentido de identidad. Desgracia, de 1999, es un perfecto ejemplo de lo anterior.

¿Qué hace un académico con una contundente formación y arraigo en la civilización occidental al de pronto verse caído en desgracia, rechazado y despreciado por su medio y arrojado a un mundo donde su erudito conocimiento resulta frustrantemente inútil? Una de las múltiples reflexiones de Desgracia -y por cierto, de la obra de Coetzee- es este choque de mundos. David Lurie se enfrenta al nativo Petrus en una contienda que no tiene posibilidad alguna de ganar, y para mayor desgracia suya, su hija hace tiempo ha aceptado y comprendido la derrota. Es una abrumadora barrera lingüística-cultural que se impone y que impide que Lurie logre producir un cambio en la naturaleza de las cosas. Una y otra vez resultan ineficaces las acciones de este hombre, suerte de antítesis de Michael K, el nativo iletrado protagonista de la novela de Coetzee de 1983.

David Lurie se ve también confrontado con su propia naturaleza. ¿Cuán diferente es él de los hombres que violan a su hija? ¿Es que acaso su erudita explicación para su casi-violación de Melanie lo hace distinto a unos hombres que violan a su hija como medio de marcar su territorio?.

Progresivamente David Lurie cambia. Cambia el argumento de su opera sobre Byron y lo transforma en no más que una cantata en banjo, al tiempo que finalmente logra desprenderse de su hija, y desarrolla un inicialmente improbable aprecio por los animales abandonados aún sabiendo que lo que haga por ellos no cambiará nada. Pese a ello Lurie no deja de ser quien es, y tal como en un comienzo, continúa necesitando saciar su deseo con prostitutas. Ha cambiado, pero sin dejar de ser quien era.

Desgracia es una novela compleja, densa en sus temáticas, con múltiples aristas, pero que al mismo tiempo se deja leer con soltura, incluso en los pasajes más crudos, sobre los cuales Coetzee no lima aspereza alguna. Una novela que deja más que claro el por qué J.M. Coetze es un clásico moderno.

josé saramago – las intermitencias de la muerte

Un país innominado, monárquico y sin salida al mar, con ciudadanos cuyos nombres no importan es el universo elegido por José Saramago para desarrollar ésta, una de sus últimas novelas. Los lectores habituales del portugués ciertamente ya deben haberse dado cuenta de que caminamos por territorios conocidos, y la presencia de un perro en uno de los roles de relevancia no hace sino agregar familiaridad. Claro, a estas alturas podemos hablar que en la obra reciente de Saramago existe una imaginería común sentando las bases de sus trabajos.

Podríamos decir que a grosso modo son tres las secciones principales de “Las Intermitencias de la Muerte”. La primera narra lo que ocurre en el país innominado cuando la muerte deja de ocurrir, con un pormenorizado, y a ratos hilarante, relato de las consecuencias de la situación, tocando las aristas políticas, económicas, sanitarias, y por cierto religioso-filosóficas de la situación, cuya discusión resulta por lejos la más importante durante el desarrollo de la novela. Sin embargo, pronto la idea pierde fuerza y el relato se hace monótono y en ocasiones pareciera extenderse más de la cuenta. Tal como en la primera parte de “Ensayo sobre la Lucidez”, no existe un desarrollo de personajes sino que éstos aparecen y desaparecen según la necesidad narrativa de presentar la situación dentro del universo paralelo de Saramago. A diferencia de “..Lucidez”, que brilla con su irónica crítica a la clase política, aquí se siente demasiado la sensación de un territorio ya recorrido.

Es en la segunda parte donde el relato vuelve a ganar fuerza, con la aparición de la figura de la muerte y su cambio de planes respecto a cómo acaecerá el destino fatal de los humanos. Es sin embargo sólo en la tercera parte cuando por fin aparece el desarrollo de la muerte como personaje protagónico, y así como también el tardío nudo principal de la novela: su incapacidad de matar al otro personaje principal, un violoncelista. Aquí nuevamente surge frustración: se trata de un carácter que aparece más bien en descripción de la muerte y hasta de su perro antes que por cuenta propia. Frustración mayor es el hecho de que este choque de personajes ocurre cuando la novela ya está próxima a terminar.

La impresión final es que en esta ocasión Saramago ha tomado una idea muy interesante para un cuento (de hecho, se trata de cierta forma de una premisa inversa a la de “Reflujo”, de “Casi un Objeto”), pero que convertida en novela se hace insuficiente para mantener una cierta intensidad que atrape al lector como otras de sus novelas. Por supuesto, los seguidores de Saramago podrán disfrutar de su estilo particular de escritura, de sus ironías, su interacción con el lector, pero no deja de ser notorio que al terminar la última página seguramente quedará claro que el portugués lo ha hecho mejor en otras ocasiones.

josé saramago – casi un objeto

Casi un Objeto, de José Saramago, es una selección de cuentos publicada en 1978, esto es, en forma previa a sus obras más conocidas, que aparecerían a partir de los años ochentas. Así, estamos ante un  trabajo de cierta forma inicial, donde el estilo clásico de Saramago aún no parece desplegarse completamente. Desde un punto de vista estructural, se trata de un texto más bien tradicional, donde incluso aparecen diálogos dentro de los cánones habituales de la escritura, esto es, con intervenciones con guiones e interlineadas, estilo que más adelante sería abandonado por uno absolutamente propio y fascinante.

En cuanto al contenido, ahí está la premisa de todo el material que he leído del portugués: hechos que se escapan de lo ordinario, surrealistas o sobrenaturales ocurriéndole de pronto a los protagonistas de sus relatos, gatillando cambios radicales en sus vidas. Sin embargo, a diferencia de sus trabajos posteriores, en este libro las reflexiones y las implicancias de estas situaciones quedan libres a la meditación del lector. Ahí donde más adelante en su obra la historia será una excusa para el desarrollo de un tema, aquí es el tema en sí.

Caso aparte es quizás el primer relato, Silla, que se aproxima al estilo posterior de Saramago al tomar una situación que ocurre en escasos segundos, desmenuzándola con sus exquisitas reflexiones. Relatos como Embargo y Cosas, en tanto, al obviar el uso de nombres propios preceden un formato que luego aparecería en sus conocidos Ensayos. El propio Cosas de cierta forma anticipa el ambiente y consecuencias expresadas en Ensayo sobre la Ceguera.

Casi un Objeto es mi primera aproximación a los primeros trabajos de Saramago. Aún careciendo de algunos de los elementos que me parecen más atractivos en su escritura, como su original estilo narrativo y sus geniales meditaciones, es un trabajo de grata lectura y una interesante adición a mi biblioteca.

josé saramago – la caverna

La Caverna es la primera novela que José Saramago publica después de ganar el Premio Nobel de Literatura en 1998. Leer a Saramago puede ser una tarea compleja. Su narrativa con parrafos extensos en los que aparecen diálogos completos con un uso muy particular de los métodos de puntuación puede alejar inicialmente a quien se inicie en la tarea de leerlo, pero pronto llega el momento en que su método resulta paradójicamente lógico y fácil de seguir.

Incluso pasadas estas dificultades iniciales, la lectura de La Caverna puede ser frustrante: La historia en si es mínima (una familia de alfareros en un mundo que ya no quiere alfarería) y los acontecimientos ocurren en forma lenta y sin mayor sorpresa, no es dificil saber qué es lo que ocurrirá finalmente. Y es que para disfrutar la novela hay que entender que el argumento es más bien una buena excusa para realizar una meditación, o un “ensayo” sobre una serie de temas, partiendo por los generales de la novela: por un lado realizar un analisis respecto a la familia y el paso a la vejez, y por otro lado una crítica a nuestro consumista mundo actual, realizando un paralelo entre la vida moderna y el mito de la caverna de Platón.

Durante el desarrollo de estos temas principales, Saramago aprovecha la historia como una anécdota para hacer múltiples reflexiones. Reflexiones sobre la mente de los perros (incluyendo una memorable explicación de que explica la existencia del “perro de las lágrimas”, tanto aquí con en sus Ensayos sobre la Ceguera y la Lucidez), sobre la familia, sobre Dios o la ausencia de éste, sobre las palabras y sobre el lenguaje verbal y no verbal, así como sobre el mismo arte de escribir una novela.

Sobre este último punto, resulta notable cómo es que durante la narración nunca pretende engañarnos. Saramago sabe que sus personajes son ficticios y nos lo hace saber directamente. Es capaz de detener la acción para explayarse en un tema en especial y podemos imaginar sin dificultad a estos seres congelados de pronto como quien oprime el botón de pausa mientras él se pasea por el set imaginario en que se encuentran para hacer sus memorables meditaciones en su estilo ácido y a la vez ameno, incluso en ocasiones fráncamente hilarante, sin jamás caer en un sobreintelectualismo que arruinaría la narración.

Así, La Caverna, con su historia sencilla y su afectuoso acercamiento a personajes plenamente queribles es una gran novela de ideas, donde Saramago demuestra que pese a estar acercándose a los 80 años al momento de su publicación, es un cronista único de nuestro agitado mundo actual.