instante presente

Un día nublado pero no tan frío, nada que no resuelva con su bufanda. Camina sin saber donde ir, eso quisiera pensar, pero siempre sabe dónde va. Piensa en un libro, Hombre Lento de Coetzee, desearía volver a leerlo, la mejor primera página que pueda recordar. Sin embargo sabe que no lo encontrará, sabe que no pasará la puerta de la librería cuya vitrina mira en este instante, teme enfrentar al dependiente y enfrentarse a que no lo encontrará. ¿Qué haría? ¿es que acaso es posible marcharse cuando le digan que su libro -que ya sabe que no está- no está? Sigue de largo y se siente un poco tonto. En el camino está el restorán y de pronto imagina encontrará una cara conocida. Su respiración se agita, puede sentir sus latidos. No está, camina de vuelta. Se siente un poco más tonto.

Suficientes vueltas. Llega a casa y piensa en el desorden, por lo que ordena. Ordenar siempre lo relaja. Piensa en comenzar a estudiar, pero luego piensa en ver una película. Ahí tiene Otra Tierra, pendiente por ver, y la ve. Durante algunos minutos tras terminar no sabe muy bien qué pensar, y piensa eso ya es algo bueno. Volverá a pensar en ello más tarde.

Va al baño y se mira en el espejo. Ahí, en la frente, una picadura que no había sentido. Se extraña, y se toca. Si, ahí está, y pica un poco ahora que la ve. Abre la llave para lavarse las manos. El chorro de agua se escucha muy claro, se sorprende en pensarlo, al tiempo que puede sentir con claridad el como suena el jabón entre sus manos. No recordaba haberlo sentido antes. El ruido del tráfico pareciera desaparecer, de pronto es todo silencio roto sólo por el agua y el jabón en sus manos. Sonríe, vuelve al espejo y vuelve a su picadura.

¿Significa algo todo esto? un pequeño temblor frío recorre sus brazos y luego su espalda. Está escribiendo sobre lo que le pasa, y se da cuenta que es la única forma de decir lo que siente. Se detiene en el instante presente.

la casa

Viví en esta casa desde los 5 años. 23 años de mi vida, fueron íntegramente pasados en esta casa de los suburbios floridanos en la que ahora puedes sentir el eco en las habitaciones vacías. Vacía la casa se siente inhóspita, fría. Vacía no es mi casa. Tampoco será la casa de nadie. Su fino diseño arquitectónico será pronto parte del pasado cuando sea demolida para construirse en su lugar desabrido edificio corporativo de 3 pisos.

Sin los muebles, sin los cuadros, se puede ver cómo la pintura está manchada, sucia. Hay telarañas tras la biblioteca, marcas de manos cerca de los interruptores. Siento vergüenza de pensar que pude vivir rodeado de esos muros. Los gatos, nerviosos, no encuentran la cama donde echarse, no encuentran a sus dueños, no encuentran las sillas del comedor donde siempre creían estar escondidos. Encuentran una caja aún sin sellar y por unos momentos hallan algo de confort ahí.

Tiempo atrás, cinco meses, cuando comienzan las gestiones de venta. Camino un día de noche por la casa oscura, prendiendo y apagando luces a medida que paso por los lugares, y recuerdo. Recuerdo el miedo que sentía cada vez que cruzaba ese hall vidriado que me llevaba a la cocina. Recuerdo el árbol de navidad cada año instalado en medio de las plantas del jardín interior. Recuerdo mi primera fiesta de cumpleaños en ¿quinto, sexto? básico, los niños en un lado, las niñas en otro, nerviosos porque teníamos que sacarlas a bailar, pero el más nervioso era yo, pues era el que tenía que ser el primero en partir. Recuerdo los almuerzos familiares con mis abuelos, en que siempre terminábamos animadamente hablando cosas sin sentido por el mero afán de hacerlo, y a mi abuela sin entender el gusto familiar por semejante técnica de conversación.

Recuerdo la hamaca entre el nogal y el limonero, mirando la gran jaula de pájaros, mientras por el suelo corrían los cobayos. Recuerdo la eterna promesa infantil de una gran piscina en el patio al que dan los dormitorios. Recuerdo la noche en que con mi hermano decidimos irnos a acampar al patio sin avisar a mamá, y tamaña conmoción que generamos.

Y lloré, sintiendo la amargura de tener que dejar atrás lo que es tuyo, de que todo se transforme tan sólo en recuerdos.

Vuelta al presente. Esta casa es tan sólo una caja vacía. Una hermosa caja vacía, una caja llena de recovecos. Y así como está es una caja que ahora sólo asocio a un último par de años tristes que espero dejar atrás.

Mayo, 2008

la plaza

Manejo a casa por el camino regular. Ya pasó medianoche y el movimiento es escaso, en una noche de verano que en realidad invita a caminar más que a conducir. En el camino hay una plaza, la plaza del barrio donde viví hasta los 5 años. Paso de largo al igual que todas las veces que conduzco por ahí, pero de pronto, casi sin pensarlo, decido virar en U.

Doy la vuelta a la plaza y me estaciono por el lado del frente, por donde nunca anduve. Camino alrededor, intentando hacer coincidir los recuerdos de un niño con la realidad. Más de veinte años sin andar por aquí y la sensación es extraña. Pareciera que ahora hay menos árboles, o quizás menos frondosos. El nombre de la plaza también ha cambiado, ahora tiene 7 días más del mismo mes de Septiembre, para hacerla políticamente más correcta.

Mientras la recorro recuerdo que éste era mi gran jardín, donde jugaba al la escondida, a la mímica y donde me caí desde esa gigantesca araña metálica al suelo. Recuerdo esa igualmente gigantesca herida en mi rodilla, y cómo es que mamá dijo que esa herida era para ponerle puntos. Recuerdo cuando le dije a un carabinero que por qué no pintaban el paso de cebra que había fuera de mi casa, y recuerdo también cuando me respondió que no había dinero para hacerlo. Recuerdo las noches con fogatas, pasamontañas y neumáticos quemados, y como miraba a través de las persianas y me decían que me acostara, que esa era gente mala. Recuerdo el atropello de mi madre el día de su aniversario de matrimonio en la misma esquina de las fogatas, y cómo ella me dijo que no necesitaba nada cuando fui a verla a su cama después del accidente. Recuerdo a mis vecinos evangélicos y el lápiz Kilométrico que una vez me regalaron. Recuerdo la piraña embalsamada que había en la carnicería y el miedo que me daba pasar cerca. Recuerdo cuando le sacaba las alas a las chinitas y recuerdo el terremoto cuando salió todo el vecindario y se quedó en la vereda, mientras el edificio se tambaleaba y las señoras entraban en crisis de pánico.

Pasaron los años, las cosas dejaron de ser tan sencillas, y es difícil no añorar los días en que no tenía nada más que hacer era cruzar ese borrado paso de cebra para  jugar en la plaza.

Enero, 2007

todo ocurrió en Providencia

Vagón del Metro, estación Manuel Montt. Una anciana busca con dificultad bajarse, sin lograr apoyarse en ningún lado. Viene el freno y la mujer se ve abalanzada hacia mi. La sujeto, le doy mi mano. Sujetese nomás, le digo. Toma mi mano con firmeza, me sonríe. Gracias, es usted muy amable. La mantengo firme y la ayudo a avanzar hasta que logra quedar en la salida. Me repite su agradecimiento. Que tenga un buen día, le digo. Usted también, joven.
El evento habría sido sólo eso, un evento del día, si no fuera por una voz -seria, reprochadora- dentro del vagón al momento de cerrarse las puertas.
– Se pasó pa’ fresca la señora.

Guardia Vieja esquina 11 de Septiembre. Semáforo en rojo y varios peatones esperamos a cruzar. Voy con audífonos en los oídos, algo aislado del mundo. En esos segundos de silencio entre el final de una canción y el comienzo de otra logro escuchar un segmento de una conversación entre lo que podría ser madre e hija:
– Era el típico olor a pobre, pues!

Típico olor a pobre. Me duele y me impacta, pero me impacta más al ver el reflejo en mi, que he pensado también en ese olor como “a pobre” para darme cuenta, avergonzado y trabajando con gente pobre, que no tiene nada que ver con la pobreza.

Sigo en Providencia, Galería Drugstore, una de aquellas tiendas de diseño con precios nada de módicos. Una de las clientas le dice a la vendedora:
– Tu sabes, tengo que coordinarme tanto para venir para acá, vengo de arriba, de La Dehesa, yo no bajo nunca…
Mi salida de la tienda fue automática.

Cae la noche en un día lluvioso. Un hombre en el suelo, un ebrio, un mendigo seguramente, resguardado al amparo del alero del Portal Lyon. No es raro encontrarlos por ahí. Hoy hace frío, y él no está aún cubierto por los habituales cartones. Avanzo un par de metros más y siento el olor a vino derramado. Seguramente bebió hasta no poder levantarse. Pero no es el habitual vino de caja. Los vidrios están esparcidos por la vereda, camino con precaución de no pisarlos. ¿Lanzó la botella antes de terminar los últimos tragos? ¿alguien rompió la botella sobre él? No veo sangre, se ve conciente, sentado, no parece mal herido, no le pregunto nada, sigo adelante, no me involucro.

Soy tan culpable como todos, solo pienso en no seguir mojándome, en las cuadras restantes para llegar a casa, en si quizás el McDonalds en el camino esté aún abierto.

¿En qué minuto perdimos la verdadera solidaridad, el entendimiento, nos segregamos tan groseramente? ¿En qué minuto llegamos a ser esto?

¿qué música escuchas?

Esto será un viaje por la nostalgia.

 He sido fan de eso que llaman rock progresivo toda mi vida, o al menos desde los 13 o 14 años, y mi gusto por este tan impopular estilo se debe única y exclusivamente a Genesis, de cuando en 1992 compré mis primeros cassettes y entre ellos estaba uno llamado We Can’t Dance (los otros siendo Reggatta de Blanc de The Police y Greatest Hits de Queen: de Police sigo siendo un gran fan, de Queen aprendí a valorarlos en su justa medida). A los 12 años mis gustos musicales no tenían definición alguna, no tenía ninguna capacidad de definir qué canción era de Phil Collins y cuál era de Genesis, y para mis efectos el grupo era el de las canciones y videos divertidos. Pero empecé a escuchar ese cassette y de pronto me fui dando cuenta de que Genesis era bastante más que canciones para reirse, que era un grupo más bien serio.

Así pasó un poco de tiempo, no se bien cuánto, hasta que un día iba con mi papá fuera de Santiago y me di cuenta que cierta canción estaba siendo la banda sonora de un trayecto más bien largo. La canción era Fading Lights, el magnífico cierre del disco, y en cuanto llegué a casa la cronometré: 10 minutos 15 segundos. No podía creerlo, ¿podía acaso durar una canción tanto? Comencé a prestarle más atención al resto de los temas. Había un segundo tema de más de 10 minutos (uno que por un buen tiempo confié en que su traducción efectivamente era “tomando la última curva” tal y como decía mi cassette, y no “clavando el último clavo”), y un tercero de 7. Luego me fui poniendo maniático, cuando me fui dando cuenta de que en ocasiones habían segmentos instrumentales extensos, como el de la mentada Fading Lights, o el de la más breve Living Forever. Y todo ello me fascinaba en la medida que descubría que estaba ante algo completamente distinto a todo lo que antes podría haber escuchado antes.

En resumidas cuentas, estábamos ante el nacimiento de un fan de Genesis. Y todo fanatismo tiene cierta dosis de adicción, y necesitaba saciar una sed.

 Por supuesto, si esto hubiese pasado en 2010 si hubiese querido más era fácil. Hubiera bastado con entrar a google, tipear “genesis discography torrent” y mi programa de torrents habría hecho el resto del trabajo durante una noche o quizás parte de la mañana siguiente. Pero esos eran tiempos distintos, tiempos en que el acceso a la información era mucho más dificultosa y fragmentada. Con internet en forma masiva al menos en Chile aún en pañales, básicamente para avanzar en mis conocimientos del grupo tenía que optar por la suposición, por el azar, y luego, por mi gran guía, la revista Rock Clásico de Genesis (¿se llamaba así?), una edición nacional de biografías extendidas de bandas acompañadas de cancioneros, todo con fotografías y recortes entre psicodélicos y hippies. Y por supuesto, de los especiales de radio, que grababa religiosamente.

 Alguien ya me había dicho que tuviera cuidado con los discos más antiguos del grupo, pues eran un poco raros, así que avancé con cautela, comprando de a poco la discografía, haciendo calzar las piezas. Un día en radio Viva (97.7, del adulto joven), tocaron The Lamb Lies Down on Broadway. Lo grabé (en un cassette de 90min, ya sabía que era un disco doble), lo escuché una y otra vez, y no logré digerirlo más allá de In the Cage. Un buen signo fue que encontré interesante ese experimento -lejos lo más extraño que hasta ese entonces había escuchado en mi vida- llamado The Waiting Room, pero como un todo era demasiado, y decidí que al menos por un tiempo me enfocaría en cosas no tan antiguas, y de hecho (Tony Banks, perdóname), llegó el momento en que borré la cinta.

Finalmente todas las cosas llegan en el momento adecuado y es así como mi amor por el Genesis más clásico se generó a través de The Musical Box, como ya antes he escrito. De ahí a fascinarme incluso con ese rechazado The Lamb no pasó tanto tiempo, y de hecho contiene muchas de mis momentos favoritos, como el que alguna vez documenté también por aquí.

 Recuerdo con tremenda nostalgia esos tiempos -cuando ya tenía CD player, un minicomponente Kioto harto rasca, he de decir- en que mis ahorros se iban destinados a juntar cada peso para ir comprando, mes a mes, un nuevo disco del grupo, ya sea en reemplazo de un cassette o uno completamente desconocido. Y justo ahí estaban los Definitive Edition Remaster, a las que les habían sacado un poco de polvo, y como por ahí leía, en algunos casos las diferencias eran notables.

 Con justa razón mis compañeros de colegio me deben haber tenido en algún momento como el nerd. Obvio, el mateo del curso, el que no jugaba a la pelota, y el que tenía un cuaderno en el que se quedaba cada recreo traduciendo las canciones de su banda favorita. Pero es gracias a esas traducciones (y no a haber acudido a un colegio llamado “Colegio Inglaterra”) que me manejo algo en inglés.

 Pasaron los años, me compré todo posible boxset, seguí, al menos parcialmente, carreras paralelas de los músicos y ex músicos, tuve un sitio web dedicado a la banda (nada de 2.0, por cierto, pero que fue un pequeño orgullo), fui de los que vio como una oportunidad más que una catástrofe la salida de Phil Collins y el lanzamiento de Calling All Stations en 1997 con Ray Wilson como vocalista, y también vi con tristeza como preferían abandonar el barco tras los resultados poco satisfactorios en ventas de ese álbum.

 Seguí atento a todo posible rumor de reunión de la banda no sin cierto grado de amargura. Después de todo, Genesis siempre había sido una banda que se preocupaba de mirar hacia adelante, aún cuando la crítica (o los fans) los trataran de vendidos. El mirar adelante para mi había terminado cuando decidieron no hacer un segundo disco, con Ray Wilson, y quizás involucrando a otros músicos. Traer nueva sangre, decirle no al desgaste.

El camino decido fue otro, y finalmente en 2007 se oficializó una gira por Europa y Norteamérica. Y ahí estuve. Cómo no iba a estarlo, estaba claro que era mi única chance de verlos. Compré tickets primero para Inglaterra (en una locura de preventa, un día a las 7AM, con un sitio de ticketmaster colapsando, y cada vez que intentaba una vez más viendo cómo quedaba más y más lejos del escenario), pero la logística no me acompañó. Pero si que pude para las fechas de Norteamérica, y Philadelphia coincidía perfectamente con los feriados de fiestas patrias chilenas. Y lo hice: los vi en vivo, en una gira fantástica, con una puesta en vivo apoteósica, un set de temas que buscó hacer feliz a todos por igual lográndolo de buena forma. Por supuesto que compré el CD del show de esa noche, pero rara vez lo he escuchado. La magia fueron esas dos horas y media. Una grabación es una visión demasiado parcial.

Han pasado casi tres años desde ese recital y desde entonces por supuesto que han salido nuevas y lujosas reediciones (que por supuesto he comprado y comentado por aquí), pero con el paso de los años las cosas van cambiando. Desde haber escuchado sólo Genesis, a haberme hecho un fan acérrimo del rock progresivo, de pronto fui descubriendo otras cosas tanto o más cautivantes a mis oídos, y entonces a darme cuenta que las categorías en la música son una soberana estupidez. Genesis sigue ahi, pero ahora es distinto. De ellos querré tener cada material editado, leeré cada entrevista que pueda, seguiré perfeccionando mi conocimiento (a veces tendiente a lo enciclopédico) de la historia de la banda, pero hace mucho tiempo que no son mi banda más escuchada, como tampoco lo son ni King Crimson, ni Yes, ni Rush, ni Pink Floyd. Ahí si que están Marillion (etapa Hogarth), Porcupine Tree, No-man, Nick Drake, Radiohead, Anja Garbarek, Tortoise, Kevin Johansen, Jorge Drexler, La Desooorden, Congreso, Air, Massive Attack. Música abierta a explorar, músicos que no se quedan tranquilos, músicos que es imposible meterlos a todos en un mismo saco.

Y es así como cuando si antes me preguntaban ¿qué música escuchas? yo tenía sólamente que explicar en qué consistía el rock progresivo, y no era difícil, en los primeros años citando a Pink Floyd o Rush, y luego ya Radiohead y Muse me la pusieron mucho más sencilla. En cambio, cuando ahora viene la misma pregunta, me hago todo un lío.