caminata nocturna

Salgo desde la tienda donde compro una paquete de papas fritas y me encamino a casa. Es de noche y son muy pocos los que andan por la calle, incluso estando en el centro del pueblo. Llego a una esquina y el carnicero sale hacia afuera como si buscara encontrarme, y me dirige una mirada inquisidora, demandante, como si algo quisiera de mi, así que acelero el paso y evito el encuentro.

La vuelta de la esquina me enfrenta a una pequeña ventana, en parte cubierta por un cartón. Desde adentro se escucha un saxo, ¿o un trombón?, con el que un aprendiz de músico intenta lograr una escala. No, son dos saxos, pero el segundo concertista requiere aun mayor entrenamiento. Por breves instantes recuerdo cuando quise aprender piano, y de cuando no tomé esas clases por temor a esa anciana profesora que nunca conocí. Es curioso cómo vuela el tiempo.

Tras la ventana y tras la respectiva casa no queda gran cosa. Casas a oscuras, cuadras y cuadras caminando a solas. De pronto un sitio baldío a la izquierda, con un muro derribado que permite ver hacia dentro, por supuesto revelando nada. Pienso en lo ocurrente que sería la aparición de un fantasma en estos momentos, cruzando la calle, directo hacia mi, cuando a varias cuadras parece no haber nadie.

Nadie, tan sólo yo, el frío que se cuela entre mi chaqueta y mi camisa, la luz de los faroles y las sombras. El silencio sólo se rompe por el crujido de las papas fritas en mi boca.

Cuando finalmente voy llegando a casa, pienso que éste sería un buen comienzo para una historia. Y me queda dando vueltas esa idea. Y por qué no, después de todo, cada momento puede ser el momento para una vuelta de tuerca, para comenzar de nuevo, para un nuevo episodio de la sitcom, o por qué no, para el esperado largometraje.

(junio, 2006)