fatiga de material

Simplemente cedió. Fatiga de material, inexorable paso del tiempo, peso excesivo, o tal vez sencillo desequilibrio, de un momento a otro se fue al suelo en un casi poético desplome que vió a su pesado cuerpo aterrizar en el asfalto, al tiempo que mi auto circulaba por las lindas calles de tu barrio. Las normas del buen ciudadano son las que me hacen decir casi antes de poético, pues con toda honestidad la caída no pudo tener una mejor puesta en escena: El impacto con el suelo fue brutal, cinematográfico, seguido por un suave deslizamiento por la pendiente algo abrupta del lugar, mientras otra caída, la de su bolsa de las compras del día, ocurría en un ángulo oculto, pero ahora se manifiesta por el ruedo de dos rojos tomates que terminan su camino un par de metros calle abajo.

No son maneras de terminar, está claro. Golpeada en el suelo, transpirada ante el inclemente calor del verano, desamparada, sola. Frágil, débil, gorda, sola.

Lentamente paso de largo, mirando por mi espejo retrovisor, sin perder momento alguno del espectáculo, mientras pienso de qué material estoy hecho yo.

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el gran escape

heading for the great escape,
heading for the rave,
heading for the permanent holiday

The Great Escape, Marillion.

Tiene catorce años, viene con su padre, y llega tras su tercer intento. El primero fue con pastillas, los otros dos con la soga. El último hace dos semanas, cuando fue descubierta por la madre antes que fuera demasiado tarde. Ese día el padre estaba de turno, pero hoy es la madre la que trabaja. Pronto descubro que la mirada confusa del hombre ante mis palabras es porque no sabe nada de lo que ha ocurrido, y recibe la noticia de una forma casi brutal, sin realmente entender, o al menos sin desearlo.

Tenía quince años, y éste fue su primer y único intento. Como es lo usual en los hombres, extremadamente efectivo. Despertó a las siete, y como todos los días, se duchó y se puso su uniforme escolar. Anudó la corbata con cuidado, repitió dos veces el nudo hasta lograr uno satisfactorio. Antes de tomar el desayuno salió un momento al patio, pero no volvió. Cuando su madre lo descubrió, colgaba ya inerte. Dejó una carta donde explicaba los meses de planificación y las culpas que debían sentir los padres por no haber percibido lo que pasaba.

Con ocho años es el concho de una familia donde sus hermanos tienen diecinueve y veintidós. Su madre hace una semana lo descubrió atándose una soga al cuello. Cuatro días después le nota su cuello irritado, y el niño reconoce que volvió a intentarlo. El informe psicológico habla de un transtorno ansioso, de una baja autoestima, y de una clara intencionalidad en sus acciones. Mientras lo leo, el niño juega con su auto de juguete, hace preguntas irrelevantes a la madre y ella a su vez intenta responder con el tono de sabiduría que toda madre busca mostrar a sus hijos, pero que al menos hoy fracasa rotundamente.

Solicito la hospitalización como medida cautelar y camino con el niño hacia la ambulancia, aparentando tranquilidad con el mismo éxito con que la madre aparenta sabiduría, tomándolo del hombro, acariciando su cabello liso, grueso, desordenado, mientras explico a la madre que debe estar tranquila, que las cosas estarán mejor, que su hijo estará bien. Es entonces cuando me cruzo con la madre del niño de quince, mientras espera a un colega con su hijo menor, hijo al que teme acercarse por temor a perderlo. Nuestras miradas se cruzan y pareciera generarse un tácito acuerdo de no saludarse, como si temiéramos generar daño en el otro, o como si ella percibiera qué es lo que ocurre con este niño que no quiere vivir.

Tras unos minutos en el lugar no queda nadie, pero en el aire queda esa gran tristeza que impregna todo a su paso.

(2007)

bodas de oro

Lo tenía todo decidido desde antes. Guardó más temprano que lo habitual los aviones de alambre que vendía en la calle y marchó rumbo a su casa. ¿Vieja, estás lista?, preguntó al momento de entrar a la casa. Casi lista viejo, respondió la temblorosa voz de la anciana, al tiempo que salía del baño con su traje de pantalón blanco y blusa negra con lunares. El viejo entonces entró raudo al baño, ¿me tienes la ropa lista?, Claro viejo, colgada en la puerta, ¿la viste? Si, si, ya la ví. Se sacó su transpirada camisa, mojó la toalla y la pasó por su cara y luego sus axilas. Con cierta dificultad sacó sus pantalones y se colocó los de su traje negro, de fina factura pero ya gastado por el paso de los años. No dio importancia al gastado cuello de su camisa, anudó su corbata y salió del baño. Ella completó su atuendo con un sombrero de ala larga en diagonal y lentes de sol de carey hexagonales que cubrían la mitad de su cara, él acomodó su corbata y se puso su chaqueta y juntos salieron de la casa y subieron al viejo Opala café estacionado en la calle.   

Y en el viejo Opala partieron, zigzagueando por la calle los dos ancianos, sonriendo tomados de la mano. Apagaron sus audífonos ante los constantes bocinazos de los autos a los que constantemente casi chocaban en su ondulado paseo, y así ninguno de los dos escuchó cuando el otro dijo Ya es hora, y el viejo sonrió, aceleró frente a la luz roja, y agradeció a sus osteoporóticos huesos y a su viejo auto sin airbag al momento de recibir el súbito y demoledor impacto del bus.

últimas palabras

Todo fue tan rápido que se me hace difícil recordar los detalles. La mujer venía en sentido contrario al mío, caminando con la mirada extraviada, o quizás demasiado fija en un punto lejano, vistiendo una falda larga en tono naranja y blusa de flores fuera de este tiempo. Nada de esto era tan curioso como el hecho de que sus manos las llevara semiflectadas, palmas hacia adelante. Mi primera impresión fue que se encontraba rezando un padrenuestro, pero algo en ella me hizo descartar la posibilidad.

De pronto su mirada se enfocó en mi de forma que fue imposible evitar demostrar que la observaba. Así, nuestros ojos chocaron de manera más bien incómoda, cuando a esas alturas ya estábamos demasiado cerca.

Detiene el paso frente a mi, al tiempo que pregunta:
– ¿Alguna vez has sentido tanta tristeza que puedes sentir la amargura en tu boca, que sientes al andar que tus piernas te flaquean?

Atónito, aún sin comprender qué es lo que estaba ocurriendo, cómo es que el tiempo había dado espacio para esta intervención, me quedo mudo, quizás esperando que no fuera más que una alucinación tras una noche sin dormir.
– A tu edad, probablemente no. Entonces no intentes comprender.

Y siguió andando hacia la esquina, al mismo ritmo lento de antes, sin detenerse ante el semáforo en rojo.

cáncer

Vive con ella desde hace treinta años, ella dice que él es un amigo suyo, él dice que ella es su pareja. Ella se está muriendo, y cáncer le duele todo el tiempo. Él la cuida, a sus 85 años hace lo que puede y testarudamente dice que hasta la muerte será él quien esté con ella, que nadie más que él tiene que hacerlo.

Ella llora de dolor cada noche, y pierde horas médicas porque no leyó -ni él tampoco- el papel enésimo que le dieron en el hospital. Si, ese pequeñito color verde que decía las catorce treinta de ayer.

La mejor amiga de ella no es precisamente la mejor amiga de él. Ella, la amiga, cree que allá atrás del sitio es donde está la ex mujer de él, que un día hace muchos atrás decidió desaparecer. La amiga cree que quien lo decidió en realidad fue él, y la mantiene allá atrás, bien bajo tierra. Que tras una vida de golpes y vejámenes varios lo mismo pretendía hacer ahora con ella, pero que el cáncer llegó antes y lo dejó de forzado enfermero.

Ella sigue llorando, y su amiga ahora también llora. Llora porque morirá, como todos también moriremos, pero con más dolor que el resto, ese dolor que ya no es del cáncer, es del callejón sin salida de su vida.

Esto, señores, no es ficción.