robar es natural

Escribir es un hobby para mi. Un hobby que haría feliz a tiempo completo, tan sólo que si así fuera pasaría períodos prolongados de no hacer nada, si tomamos como parámetro mis niveles de creatividad actuales. En ocasiones la falta de inspiración es frustrante, y desespera pasar el tiempo frente al teclado o frente al papel, esperando por esa mágica primera frase que dará origen a todo, esa primera frase que captura todo lo que quiero decir. Bien lo dice J.M. Coetzee en los primeros dos parrafos de Elizabeth Costello:

En primer lugar está el problema del arranque, es decir, de cómo ir desde donde estamos ahora, y ahora mismo todavía no estamos en ninguna parte, hasta la orilla opuesta. Solo es cuestión de cruzar, de tender un puente. La gente soluciona problemas así todos los días.

Pongamos por caso que lo conseguimos, sea como fuere. Digamos que el puente ha sido construido y cruzado, y que podemos quitarnos el problema de encima. Hemos dejado atrás el territorio en el que estábamos. Y estamos al otro lado, que es donde queríamos estar.

 

En este texto, lamentablemente, aún no hemos llegado al otro lado, pero no pierdo las esperanzas de lograrlo. En mi día a día ciertamente lo logro hacer, lo que es crucial para que mi trabajo sea bien hecho. Pero ése es el trabajo, éste es el hobby. Y en el hobby tiene que surgir esa primera frase, y luego, lo que se ha de narrar debe ser atractivo, y esa atracción debe mantenerse durante todo el relato, que en mi caso será muy probablemente una historia breve que no puede permitirse un párrafo innecesario, como éste.

Entonces está el problema del arranque, luego está el problema del contenido, y al mismo tiempo surge el problema de dar con el personaje y con su lenguaje, lograr que el personaje logre una vida propia, y es entonces cuando me decido a robar directamente desde mi vida. Y aquí estoy, viendo un nuevo personaje, una nueva historia en cada persona en la calle, en cada frase de mis pacientes, en cada trivial encuentro social, inconscientemente diseccionándolos para ver qué robar. Veo a cada posible víctima de robo hacerse y deshacerse en su nueva realidad literaria con una velocidad que me asombra. Literalmente los veo derretirse en cosa de segundos. En ocasiones trato de conservarlos en su forma, mantenerlos congelados para que obedientemente luego vuelvan a la acción según mi voluntad, pero lamentablemente casi todos terminan derretidos en el período que pasa entre la inspiración y la transcripción. 

Entre semejante masacre de personas derretidas a veces puedo distinguir sus restos: a la seguidora de osho con insomnio y estrés todavía puedo distinguirle su huesuda complexión, de la anciana librepensadora con traje en combinación de fucsias por supuesto que queda esa sensual ausencia de párpado inferior del ojo derecho y misteriosamente aún es capaz de hablar en su forma muy particular. Pero si de sorpresas se trata ahí está el oficinista de turnos nocturnos que se mantiene curiosamente íntegro, pero en un ambiente de mantequilla, mas no pierdo las esperanzas de que conozca al guardia del edificio del que sólo conservé su linterna. Es tan sólo cosa de tiempo para dar ese gran golpe y eliminar toda evidencia de mi pequeño robo.