la casa

Viví en esta casa desde los 5 años. 23 años de mi vida, fueron íntegramente pasados en esta casa de los suburbios floridanos en la que ahora puedes sentir el eco en las habitaciones vacías. Vacía la casa se siente inhóspita, fría. Vacía no es mi casa. Tampoco será la casa de nadie. Su fino diseño arquitectónico será pronto parte del pasado cuando sea demolida para construirse en su lugar desabrido edificio corporativo de 3 pisos.

Sin los muebles, sin los cuadros, se puede ver cómo la pintura está manchada, sucia. Hay telarañas tras la biblioteca, marcas de manos cerca de los interruptores. Siento vergüenza de pensar que pude vivir rodeado de esos muros. Los gatos, nerviosos, no encuentran la cama donde echarse, no encuentran a sus dueños, no encuentran las sillas del comedor donde siempre creían estar escondidos. Encuentran una caja aún sin sellar y por unos momentos hallan algo de confort ahí.

Tiempo atrás, cinco meses, cuando comienzan las gestiones de venta. Camino un día de noche por la casa oscura, prendiendo y apagando luces a medida que paso por los lugares, y recuerdo. Recuerdo el miedo que sentía cada vez que cruzaba ese hall vidriado que me llevaba a la cocina. Recuerdo el árbol de navidad cada año instalado en medio de las plantas del jardín interior. Recuerdo mi primera fiesta de cumpleaños en ¿quinto, sexto? básico, los niños en un lado, las niñas en otro, nerviosos porque teníamos que sacarlas a bailar, pero el más nervioso era yo, pues era el que tenía que ser el primero en partir. Recuerdo los almuerzos familiares con mis abuelos, en que siempre terminábamos animadamente hablando cosas sin sentido por el mero afán de hacerlo, y a mi abuela sin entender el gusto familiar por semejante técnica de conversación.

Recuerdo la hamaca entre el nogal y el limonero, mirando la gran jaula de pájaros, mientras por el suelo corrían los cobayos. Recuerdo la eterna promesa infantil de una gran piscina en el patio al que dan los dormitorios. Recuerdo la noche en que con mi hermano decidimos irnos a acampar al patio sin avisar a mamá, y tamaña conmoción que generamos.

Y lloré, sintiendo la amargura de tener que dejar atrás lo que es tuyo, de que todo se transforme tan sólo en recuerdos.

Vuelta al presente. Esta casa es tan sólo una caja vacía. Una hermosa caja vacía, una caja llena de recovecos. Y así como está es una caja que ahora sólo asocio a un último par de años tristes que espero dejar atrás.

Mayo, 2008

la plaza

Manejo a casa por el camino regular. Ya pasó medianoche y el movimiento es escaso, en una noche de verano que en realidad invita a caminar más que a conducir. En el camino hay una plaza, la plaza del barrio donde viví hasta los 5 años. Paso de largo al igual que todas las veces que conduzco por ahí, pero de pronto, casi sin pensarlo, decido virar en U.

Doy la vuelta a la plaza y me estaciono por el lado del frente, por donde nunca anduve. Camino alrededor, intentando hacer coincidir los recuerdos de un niño con la realidad. Más de veinte años sin andar por aquí y la sensación es extraña. Pareciera que ahora hay menos árboles, o quizás menos frondosos. El nombre de la plaza también ha cambiado, ahora tiene 7 días más del mismo mes de Septiembre, para hacerla políticamente más correcta.

Mientras la recorro recuerdo que éste era mi gran jardín, donde jugaba al la escondida, a la mímica y donde me caí desde esa gigantesca araña metálica al suelo. Recuerdo esa igualmente gigantesca herida en mi rodilla, y cómo es que mamá dijo que esa herida era para ponerle puntos. Recuerdo cuando le dije a un carabinero que por qué no pintaban el paso de cebra que había fuera de mi casa, y recuerdo también cuando me respondió que no había dinero para hacerlo. Recuerdo las noches con fogatas, pasamontañas y neumáticos quemados, y como miraba a través de las persianas y me decían que me acostara, que esa era gente mala. Recuerdo el atropello de mi madre el día de su aniversario de matrimonio en la misma esquina de las fogatas, y cómo ella me dijo que no necesitaba nada cuando fui a verla a su cama después del accidente. Recuerdo a mis vecinos evangélicos y el lápiz Kilométrico que una vez me regalaron. Recuerdo la piraña embalsamada que había en la carnicería y el miedo que me daba pasar cerca. Recuerdo cuando le sacaba las alas a las chinitas y recuerdo el terremoto cuando salió todo el vecindario y se quedó en la vereda, mientras el edificio se tambaleaba y las señoras entraban en crisis de pánico.

Pasaron los años, las cosas dejaron de ser tan sencillas, y es difícil no añorar los días en que no tenía nada más que hacer era cruzar ese borrado paso de cebra para  jugar en la plaza.

Enero, 2007

la infancia de Coetzee

Leo Infancia, el primer volumen de memorias de J.M. Coetzee. La infancia de Coetzee que elije ocurre mientras el autor tiene 10 u 11 años. Quedan aún unas treinta páginas más por leer, pero siento que ya hay algunas cosas que debiera dejar por escritas.

Hasta donde recuerdo, mi único acercamiento previo a unas memorias eran del mismo Coetzee y su Juventud. Curioso estoy ante la infancia de Saramago, por cierto. El primer elemento en asombrarme fue cómo el relato es desprendido de la propia realidad, refiriéndose a sí mismo en una tercera persona omnisciente. Un narrador que todo sabe de este muchacho más bien serio, culposo, absolutamente consciente, gris y carente de la ingenuidad con la que muchas veces se presenta a los niños.

A los ojos de este niño de mediados del siglo XX vemos también las tremendas diferencias y barreras que se establecen en sudáfrica entre los afrikaners, los ingleses, los nativos y los de color, diferencias que posteriormente marcarán buena parte de la obra del Nobel de Literatura 2003. Muchos mundos en un sólo mundo, los frutos ya comenzando a madurar de un proceso que sólo llevará más adelante a más y más resentimiento en una nación que desde el comienzo estuvo marcada por las diferencias raciales, y los síntomas del daño no se escapan de la visión del niño.

Por supuesto, tampoco se escapan las relaciones entre sus pares, sus padres, familiares y profesores, con una curiosa -para uno como adulto- manera de explicarse las relaciones humanas, pero que quizás no se aleja tanto de la realidad a fin de cuentas.

Cada capítulo parte con una descripción de un hecho puntual a partir del cual van brotanto más y más recuerdos y sentimientos asociados. Todo es observado desde lejos, sin traducciones adultas, sin ser tocado, libre para que podamos hacer nuestras propias interpretaciones, para que podamos acercar nuestra propia experiencia y recordar ese tiempo en que eramos niños, en que pensábamos distinto, pero en que no necesariamente eramos todo lo ingenuos que quisiéramos haber sido. Un tiempo en que se forjó el quién somos hoy.