j.m. coetzee – verano

Verano – Escenas de una vida de provincias III es, como lo dice su título, el tercer volumen de la autobiografía novelada de J.M. Coetzee, trabajo iniciado con Infancia y Juventud. Mientras los volúmenes previos eran relatos en los que Coetzee realizaba una narrativa en tercera persona, en Verano toma un camino distinto.

En esta entrega, el lector se irá encontrando con una serie de situaciones que ponen a Verano en relación directa con el trabajo más reciente de Coetzee (Elizabeth Costello, Diario de un Mal Año), realizando ficción dentro de la ficción con un trasfondo verídico. Si en ocasiones anteriores se trató de incorporar su ya reputada carrera como ensayista al mundo de la novela, ahora es su vida la que es ensayada. Los límites entre ficción y no ficción son ciertamente difusos: Sabemos que es ficticio que Coetzee ya falleció y que estamos ante los cuadernos de notas de un nuevo volumen de memorias inconcluso, acompañado de notas al pie indicando puntos sobre los que los textos requieren mayor elaboración, muchos de ellos en relación a la compleja relación con su padre.

Sin embargo, pronto nos encontramos con el elemento más voluminoso de Verano, una serie de entrevistas llevadas a cabo por el ficticio señor Vincent, quien busca escribir una biografía no autorizada de la vida de Coetzee retratando “los años transcurridos desde el regreso de Coetzee a Sudáfrica, en 1971-1972, hasta su primer reconocimiento público en 1977”. Finalmente los esfuerzos se ven minados por el limitado número de personas logra entrevistar, tan sólo cinco, y por la información que éstas estaban dispuestas a brindar, lo que impide generar un trabajo final y se nos entregan los bosquejos, las grabaciones transcritas de las entrevistas, y en alguna ocasión una versión más elaborada del texto, pero leída a la entrevistada para su corrección.

¿Cuánto de las historias relatadas en forma de entrevistas es real? ¿Es la locuaz Julia, la mujer que conoció en un supermercado y con quien tuvo un affair bastante accidentado, una persona real en la vida del escritor? ¿o medianamente real, o un collage de historias adaptado, o una completa ficción?

Sophie, otra de las entrevistadas le sugiere al señor Vincent si no sería mejor basarse en los registros personales de Coetzee ante el limitado número de fuentes.

-He examinado los diarios y las cartas, señora Denoël. No es posible confiar en lo que Coetzee escribe en ellos, no como un registro exacto de los hechos, y no porque fuese un embustero, sino porque era un creador de ficciones. En las cartas crea una ficción de si mismo para sus corresponsales; en los diarios hace algo muy similar para sí mismo, o tal vez para la posterioridad. Como documentos son valiosos, desde luego, pero si quiere usted la verdad tendrá que buscarla detrás de las ficciones que elaboran y oírla de quienes le conocieron personalmente.

-Pero ¿y si todos somos creadores de ficciones, como llama usted a Coetzee? ¿Y si todos nos inventamos continuamente la historia de nuestra vida? ¿Por qué lo que yo le cuente de Coetzee ha de ser más digno de crédito que lo que él mismo le cuente?

Es cierto, Coetzee no puede dejar de ser un creador de ficciones. Cada entrevista, tanto como una descripción de un episodio o de un período de su vida, es la creación de un personaje y de una historia alrededor de él. Finalmente cuando leemos estas escenas de una vida de provincias no nos interesa tanto conocer al Coetzee real, como sí el mundo que es capaz de crear, pero no deja de ser inquietante la incapacidad de establecer esa línea entre la realidad y la ficción. Él mismo nunca ha abierto esa puerta y probablemente con justa razón, pues un mundo ficcionado siempre será más rico y atractivo. Tan atractivo como es el imaginar el proceso de estructurar una historia como ésta, y para que desprendido de todo egolatría dé espacio a la crítica a su obra y a su persona, con un notable sentido del humor. Las conversaciones así describen a un Coetzee tremendamente humano, torpe en sus relaciones afectivas y también sexuales, egoísta, alejado irreconciliablemente de su padre pero teniendo que vivir con él, con una abierta incapacidad para llevar las riendas de su vida la manera “normal”.

Vincent por su parte resulta ciertamente una figura fundamental. Un biógrafo ciertamente polémico, que rechazó entrevistar a Coetzee antes de fallecer, que no desea tomar gran parte de los documentos dejados por el escritor y que al momento de elegir a sus entrevistados claramente busca de ellos una información que no siempre están dispuestos a entregarle, la gran mayoría de las veces ligado a su vida amorosa, y que edita en forma antojadiza los textos que posee. Nunca queda claro si realmente pretende realizar un trabajo serio con fuentes inadecuadas o si en su construcción está buscando más bien el impacto y el escándalo, pero su figura permite dar el contrapunto adecuado para la discusión acerca de la obra de Coetzee y ya fuera de la novela da espacio a la reflexión acerca de cómo una misma figura puede ser descrita a través de prismas completamente distintos al abordar una biografía, y lo riesgoso que ello resulta.

Verano es un trabajo arriesgado. Si ya había insinuado en Infancia y Juventud su escaso apego por el género biografíco, en este caso da un paso más allá. Si anteriormente fueron autobiografías noveladas, ahora nos encontramos claramente con una novela con una base autobiográfica. Un nuevo experimento original y exitoso , no con un afan efecticista, que ciertamente Coetzee como narrador no necesita, sino que buscando empujar los límites de la literatura.

diario de un mal año – J.M. Coetzee

Algunas semanas atrás me encontraba en la búsqueda del regalo perfecto (que en mi caso habitualmente se trata de un libro) en una de las varias librerías del barrio, al tiempo que como hago habitualmente, me dedico a observar las búsquedas y comentarios de los demás clientes. Así es como me percato de que ahí estaba una señora bien en sus cincuentas, delgada, pelo negro liso en perfecto peinado, con ceñido abrigo de cuero, me da la espalda mientras mira las estanterías. El dependiente de la librería, de brillante calvicie, la asesora. Yo, unos pasos más atrás, sonrío al encontrar el regalo mientras no me pierdo la situación.

Ella toma 2666 de Bolaño, y dice, más fuerte de lo necesario, ¿sabías que yo a él lo conocí? si claro, yo fui su musa en su momento, -y agrega displicentemente- pero me cansé de él.
Luego prosigue mirando libros hasta que toma Diario de un Mal Año, de J.M. Coetzee.

¿Y éste qué tal es?, pregunta.
¡Malo!, responde grotescamente el dependiente, generando dos reacciones, la de la mujer de rápidamente dejar el libro del Nobel 2003 y tomar el último de mi no muy querido Philip Roth (“Buenísimo”, dice el calvo), y por otro lado una intenso malestar en mi, una extraña mezcla entre rechazo, impotencia, amor propio herido y dolor de espalda. La sensación me lleva últimamente a abandonar la tienda sin siquiera comprar el regalo ya elegido, al tiempo que le escucho decir “es que en cada página hay tres historias, un desastre, muy pretencioso, no se puede ni leer”

“¡Malo!”. Existen libros ¡Malos!? Me imagino que en la secciones de autoayuda y de bestsellers seguro que los habrán. Pero, ¿Es Diario de un Mal Año un libro ¡Malo!?

Hasta ahora no he encontrado un libro de Coetzee que no me haya gustado. Quizás con Vida y Época de Michael K tuve más dificultad para seguirlo, dado un protagonista tan lejano, tan autista, con quien era tan difícil de sentirse interpretado. Pero novelas como Hombre Lento, Desgracia, La Edad del Hierro, o Elizabeth Costello son trabajos magníficos que he disfrutado de sobremanera, y que en su momento volveré a leer sin lugar a dudas.

mal año

Diario de un Mal Año (2007) es un trabajo bastante particular. Siguiendo el experimento novela-ensayo de Elizabeth Costello, ahora Coetzee da un paso más allá. Ahora es una versión ficcionalizada de él mismo quien en medio del proceso de generar una serie de ensayos con título de Opiniones Contundentes a ser editado en Alemania, conoce a Anya, una voluptuosa mujer a quien en un ridículo intento por mantenerla cerca suyo la contrata como su secretaria, encargada de transcribir los textos escritos a mano. Así, cada página aparece dividida en dos secciones, la primera con los ensayos transcritos por Anya (con ocasionales errores de escritura incluidos), mientras en la segunda leemos el diario del mal año del señor Coetzee, a menudo referido como señor C. por la mujer, quien pocas páginas más adelante pasa a tener voz propia en una tercera división de la página.

Las opiniones contundentes del señor C., tal y como es el caso de las lecturas de su otra alter ego, la señora Costello, pueden resultar controversiales, y podría pensarse que de cierta forma Coetzee amplifica sus propios pensamientos aprovechando el formato de novela, y que corresponden no a él mismo, sino que al Coetzee ficcionado, en un juego que el autor probablemente no tendrá el mayor interés en aclarar, y que probablemente no tiene tampoco mayor importancia. Así, son analizados temas como Al Qaeda y el Terrorismo, la Democracia y el Anarquismo, Guantánamo o la Pedofilia, el Lenguaje y las Matemáticas.

Anya transcribe no siempre de buena gana, y le pide a C. si acaso no le apetece mejor escribir una novela (“es lo que se le da bien, ¿no?”). Sin embargo C. le replica: “las historias se cuentan a si mismas, no las cuenta uno… Espera a que la historia llegue por si misma. Espera y confía en que no haya nacido sorda, muda y ciega”, frases que no sorprendentemente recuerdan al rol de Elizabeth Costello cuando se le aparece a Paul Raymond en Hombre Lento, e intenta que su historia, que llegó a ella, que ella no buscó, sea una historia digna de contar, sin realmente lograr sus propósitos.

Tras concluir sus opiniones contundentes, un amargo C. da forma a un segundo diario. Esta vez se trata de pensamientos más bien personales, ideas para relatos, música, entre otros, mientras la relación con Anya sufre un duro golpe con la irrupción de Alan, su pareja, quien aparece esta vez como una cuarta voz.

Diario de un Mal Año sigue así la línea de los múltiples niveles dentro de un mismo trabajo que J.M. Coetzee ha desarrollado en trabajos anteriores. Al contener ensayos conjuntamente con una historia relatada desde puntos de vista diferentes en la misma página puede resultar un desafío, pero curiosamente se deja leer con facilidad. Su formato también permite relecturas posteriores segmentadas, mas lamentablemente no incluye un índice detallado de los ensayos contenidos. Ciertamente el señor C. hasta en su peor año es capaz de brindarnos obras de un nivel extraordinario.

los hombres que no amaban a las mujeres

Estoy leyendo “Los Hombres que no Amaban a las Mujeres”, primera y exitosísima novela de Stieg Larsson, quien falleció antes de ver hecho realidad el éxito que seguramente buscaba. Llevo 166 páginas leídas de la novela y debo decir que Larsson cumplió absolutamente su objetivo. Cada momento libre que tengo lo he dedicado a leer una historia que me mantiene atento al cómo se desarrollan los hechos, esperando al momento en que los protagonistas se encuentran. Sin embargo, ello no quiere decir que no pueda hacer una lectura crítica, y queda claro que Los Hombres.. es una obra que se ciñe absolutamente al género del best seller.

No leo muchos best sellers. El anterior fue El Código Da Vinci, que devoré en un par de días. Los elementos principales son similares, con protagonistas descritos con gran detalle de manera precoz, y un especial énfasis en elementos de actualidad y en otros más bien técnicos que terminan sonando de cierta forma fuera de lugar y superfluos. Larsson por supuesto también se preocupa de que los párrafos no sean tan extensos, y que tras una o dos páginas se produzca una pausa para que podamos volver a conectarnos con el mundo con facilidad. Pero todo ello no me resulta realmente extraño, a diferencia de párrafos como éste:

“Dedicó la siguiente hora a instalarse en la que iba a ser su nueva casa durante ese año. Sacó la ropa de la maleta y la puso en el ropero del dormitorio. Colocó los útiles de aseo en el armario del cuarto de baño. La otra maleta era muy grande y tenía ruedas. De ella sacó libros, cedés, un reproductor de discos compactos, cuadernos, una pequeña grabadora Sanyo, un escáner Microtek, una impresora portátil de inyección de tinta, una cámara digital Minolta, y otros objetos que consideraba imprescindibles para su año de exilio.”

¿Qué es lo que hace que sea tan importante que el escáner sea Microtek o que la grabadora sea Sanyo? ¿Por qué los otros elementos no son dignos de detalle? No tengo ningún interés en saber la marca de la impresora, pero creo que habría sido interesante saber qué música o qué libros decidió llevar a su temporada de exilio. La mención a la marca no va tampoco asociada a una valoración de la calidad del producto. Así, por ejemplo, ¿Importa más la marca de la cámara fotográfica o el saber si se trata de una cámara compacta o una dSLR?.

Por cierto, no se trata de algo exclusivo de Los Hombres.., sino que de un elemento reiterativo en las novelas del género. ¿Se trata acaso de una maniobra de product placement? Lo dudo, me parecería un recurso demasiado burdo y poco digno de una novela, incluso de un best seller. Y entonces, ¿de qué se trata? ¿un elemento más para identificarnos con los personajes? ¿necesidad de decir algo, lo que sea, incluso aunque no haya nada que decir?

j.m. coetzee – el maestro de petersburgo

Aquel fue uno de mis mejores veranos. Tardes enteras, mañanas y noches también, dedicadas a leer y releer las 657 páginas de una de las más grandes obras de la literatura universal. Por supuesto, de ello sólo me enteraría un par de años más tarde. Ese verano era únicamente una novela que me estaba transformando. Haber encontrado Crimen y Castigo en medio de una biblioteca que privilegiaba novelas bélicas, ciencia ficción, libros de vaqueros y best sellers olvidados en el tiempo, sin lugar a dudas fue un golpe de suerte.

Cautivo desde la primera página, en que el joven Raskolnikov, Rodia para sus amigos, se esconde de la dueña del mísero cuarto que arrienda. Impactado por la brutalidad con que unas 50 páginas más adelante, asesina a la usurera prestamista. Y aún quedaba tanto más.

Sospecho que en su momento también existió un joven John Maxwell Coetzee maravillándose con la historia y las implicancias de Crimen y Castigo, así como también con El Idiota, Los Endemoniados y Los Hermanos Karamazov, y en 1994 esa admiración tomó forma de novela.

En El Maestro de Petersburgo, Fedor Dostoievsky se transforma en el protagonista de una novela que bien podría haber sido escrita por si mismo. Así, El Maestro.. ficcionaliza un período de la vida del ruso a partir del cual podría haberse gatillado una de sus más importantes obras. Leer cada página de esta novela es volver a la atormentada Rusia de la segunda mitad del siglo XIX, esa Rusia que era caldo de cultivo para los cambios que se harían realidad en el siglo XX.

De manera similar a ver la película tras leer el libro, leer El Maestro de Petersburgo sin conocer las obra del ruso es un ejercicio interesante, pero incompleto. Cuando se es capaz de reconocer los hechos y personajes, y asociarlos y pensar que pudieron inspirar obras maestras, es imposible que no se genere una emoción intensa capaz de erizar los pelos, de sentir frío en la espalda sospechando lo que entonces está por venir. Y lo que está por venir no es sino un climax marcado por los hechos que gatillarán la escritura de Los Endemoniados.

Por supuesto, la situación es al revés. Coetzee domina de tal manera la obra de Dostoievsky que es capaz de crear este dostoievskiano mundo para explicar la génesis de su obra. El Maestro.. no es sino un acto de humildad y agradecimiento, una forma abierta de asumir una influencia y crear con ello algo único. Una invitación a explorar la obra de Dostoievsky una vez más, y desde luego a seguir muy de cerca a Coetzee.

j.m. coetzee – desgracia

¿Por donde comenzar? Leer a Coetzee es un placer. Su narrativa fluye con gracia, en un estilo inconfundible. Es capaz de crear personajes que si son tan queribles es porque en su complejidad e imperfección se hace difícil no lograr un sentido de identidad. Desgracia, de 1999, es un perfecto ejemplo de lo anterior.

¿Qué hace un académico con una contundente formación y arraigo en la civilización occidental al de pronto verse caído en desgracia, rechazado y despreciado por su medio y arrojado a un mundo donde su erudito conocimiento resulta frustrantemente inútil? Una de las múltiples reflexiones de Desgracia -y por cierto, de la obra de Coetzee- es este choque de mundos. David Lurie se enfrenta al nativo Petrus en una contienda que no tiene posibilidad alguna de ganar, y para mayor desgracia suya, su hija hace tiempo ha aceptado y comprendido la derrota. Es una abrumadora barrera lingüística-cultural que se impone y que impide que Lurie logre producir un cambio en la naturaleza de las cosas. Una y otra vez resultan ineficaces las acciones de este hombre, suerte de antítesis de Michael K, el nativo iletrado protagonista de la novela de Coetzee de 1983.

David Lurie se ve también confrontado con su propia naturaleza. ¿Cuán diferente es él de los hombres que violan a su hija? ¿Es que acaso su erudita explicación para su casi-violación de Melanie lo hace distinto a unos hombres que violan a su hija como medio de marcar su territorio?.

Progresivamente David Lurie cambia. Cambia el argumento de su opera sobre Byron y lo transforma en no más que una cantata en banjo, al tiempo que finalmente logra desprenderse de su hija, y desarrolla un inicialmente improbable aprecio por los animales abandonados aún sabiendo que lo que haga por ellos no cambiará nada. Pese a ello Lurie no deja de ser quien es, y tal como en un comienzo, continúa necesitando saciar su deseo con prostitutas. Ha cambiado, pero sin dejar de ser quien era.

Desgracia es una novela compleja, densa en sus temáticas, con múltiples aristas, pero que al mismo tiempo se deja leer con soltura, incluso en los pasajes más crudos, sobre los cuales Coetzee no lima aspereza alguna. Una novela que deja más que claro el por qué J.M. Coetze es un clásico moderno.

josé saramago – las intermitencias de la muerte

Un país innominado, monárquico y sin salida al mar, con ciudadanos cuyos nombres no importan es el universo elegido por José Saramago para desarrollar ésta, una de sus últimas novelas. Los lectores habituales del portugués ciertamente ya deben haberse dado cuenta de que caminamos por territorios conocidos, y la presencia de un perro en uno de los roles de relevancia no hace sino agregar familiaridad. Claro, a estas alturas podemos hablar que en la obra reciente de Saramago existe una imaginería común sentando las bases de sus trabajos.

Podríamos decir que a grosso modo son tres las secciones principales de “Las Intermitencias de la Muerte”. La primera narra lo que ocurre en el país innominado cuando la muerte deja de ocurrir, con un pormenorizado, y a ratos hilarante, relato de las consecuencias de la situación, tocando las aristas políticas, económicas, sanitarias, y por cierto religioso-filosóficas de la situación, cuya discusión resulta por lejos la más importante durante el desarrollo de la novela. Sin embargo, pronto la idea pierde fuerza y el relato se hace monótono y en ocasiones pareciera extenderse más de la cuenta. Tal como en la primera parte de “Ensayo sobre la Lucidez”, no existe un desarrollo de personajes sino que éstos aparecen y desaparecen según la necesidad narrativa de presentar la situación dentro del universo paralelo de Saramago. A diferencia de “..Lucidez”, que brilla con su irónica crítica a la clase política, aquí se siente demasiado la sensación de un territorio ya recorrido.

Es en la segunda parte donde el relato vuelve a ganar fuerza, con la aparición de la figura de la muerte y su cambio de planes respecto a cómo acaecerá el destino fatal de los humanos. Es sin embargo sólo en la tercera parte cuando por fin aparece el desarrollo de la muerte como personaje protagónico, y así como también el tardío nudo principal de la novela: su incapacidad de matar al otro personaje principal, un violoncelista. Aquí nuevamente surge frustración: se trata de un carácter que aparece más bien en descripción de la muerte y hasta de su perro antes que por cuenta propia. Frustración mayor es el hecho de que este choque de personajes ocurre cuando la novela ya está próxima a terminar.

La impresión final es que en esta ocasión Saramago ha tomado una idea muy interesante para un cuento (de hecho, se trata de cierta forma de una premisa inversa a la de “Reflujo”, de “Casi un Objeto”), pero que convertida en novela se hace insuficiente para mantener una cierta intensidad que atrape al lector como otras de sus novelas. Por supuesto, los seguidores de Saramago podrán disfrutar de su estilo particular de escritura, de sus ironías, su interacción con el lector, pero no deja de ser notorio que al terminar la última página seguramente quedará claro que el portugués lo ha hecho mejor en otras ocasiones.