instante presente

Un día nublado pero no tan frío, nada que no resuelva con su bufanda. Camina sin saber donde ir, eso quisiera pensar, pero siempre sabe dónde va. Piensa en un libro, Hombre Lento de Coetzee, desearía volver a leerlo, la mejor primera página que pueda recordar. Sin embargo sabe que no lo encontrará, sabe que no pasará la puerta de la librería cuya vitrina mira en este instante, teme enfrentar al dependiente y enfrentarse a que no lo encontrará. ¿Qué haría? ¿es que acaso es posible marcharse cuando le digan que su libro -que ya sabe que no está- no está? Sigue de largo y se siente un poco tonto. En el camino está el restorán y de pronto imagina encontrará una cara conocida. Su respiración se agita, puede sentir sus latidos. No está, camina de vuelta. Se siente un poco más tonto.

Suficientes vueltas. Llega a casa y piensa en el desorden, por lo que ordena. Ordenar siempre lo relaja. Piensa en comenzar a estudiar, pero luego piensa en ver una película. Ahí tiene Otra Tierra, pendiente por ver, y la ve. Durante algunos minutos tras terminar no sabe muy bien qué pensar, y piensa eso ya es algo bueno. Volverá a pensar en ello más tarde.

Va al baño y se mira en el espejo. Ahí, en la frente, una picadura que no había sentido. Se extraña, y se toca. Si, ahí está, y pica un poco ahora que la ve. Abre la llave para lavarse las manos. El chorro de agua se escucha muy claro, se sorprende en pensarlo, al tiempo que puede sentir con claridad el como suena el jabón entre sus manos. No recordaba haberlo sentido antes. El ruido del tráfico pareciera desaparecer, de pronto es todo silencio roto sólo por el agua y el jabón en sus manos. Sonríe, vuelve al espejo y vuelve a su picadura.

¿Significa algo todo esto? un pequeño temblor frío recorre sus brazos y luego su espalda. Está escribiendo sobre lo que le pasa, y se da cuenta que es la única forma de decir lo que siente. Se detiene en el instante presente.

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j.m. coetzee – verano

Verano – Escenas de una vida de provincias III es, como lo dice su título, el tercer volumen de la autobiografía novelada de J.M. Coetzee, trabajo iniciado con Infancia y Juventud. Mientras los volúmenes previos eran relatos en los que Coetzee realizaba una narrativa en tercera persona, en Verano toma un camino distinto.

En esta entrega, el lector se irá encontrando con una serie de situaciones que ponen a Verano en relación directa con el trabajo más reciente de Coetzee (Elizabeth Costello, Diario de un Mal Año), realizando ficción dentro de la ficción con un trasfondo verídico. Si en ocasiones anteriores se trató de incorporar su ya reputada carrera como ensayista al mundo de la novela, ahora es su vida la que es ensayada. Los límites entre ficción y no ficción son ciertamente difusos: Sabemos que es ficticio que Coetzee ya falleció y que estamos ante los cuadernos de notas de un nuevo volumen de memorias inconcluso, acompañado de notas al pie indicando puntos sobre los que los textos requieren mayor elaboración, muchos de ellos en relación a la compleja relación con su padre.

Sin embargo, pronto nos encontramos con el elemento más voluminoso de Verano, una serie de entrevistas llevadas a cabo por el ficticio señor Vincent, quien busca escribir una biografía no autorizada de la vida de Coetzee retratando “los años transcurridos desde el regreso de Coetzee a Sudáfrica, en 1971-1972, hasta su primer reconocimiento público en 1977”. Finalmente los esfuerzos se ven minados por el limitado número de personas logra entrevistar, tan sólo cinco, y por la información que éstas estaban dispuestas a brindar, lo que impide generar un trabajo final y se nos entregan los bosquejos, las grabaciones transcritas de las entrevistas, y en alguna ocasión una versión más elaborada del texto, pero leída a la entrevistada para su corrección.

¿Cuánto de las historias relatadas en forma de entrevistas es real? ¿Es la locuaz Julia, la mujer que conoció en un supermercado y con quien tuvo un affair bastante accidentado, una persona real en la vida del escritor? ¿o medianamente real, o un collage de historias adaptado, o una completa ficción?

Sophie, otra de las entrevistadas le sugiere al señor Vincent si no sería mejor basarse en los registros personales de Coetzee ante el limitado número de fuentes.

-He examinado los diarios y las cartas, señora Denoël. No es posible confiar en lo que Coetzee escribe en ellos, no como un registro exacto de los hechos, y no porque fuese un embustero, sino porque era un creador de ficciones. En las cartas crea una ficción de si mismo para sus corresponsales; en los diarios hace algo muy similar para sí mismo, o tal vez para la posterioridad. Como documentos son valiosos, desde luego, pero si quiere usted la verdad tendrá que buscarla detrás de las ficciones que elaboran y oírla de quienes le conocieron personalmente.

-Pero ¿y si todos somos creadores de ficciones, como llama usted a Coetzee? ¿Y si todos nos inventamos continuamente la historia de nuestra vida? ¿Por qué lo que yo le cuente de Coetzee ha de ser más digno de crédito que lo que él mismo le cuente?

Es cierto, Coetzee no puede dejar de ser un creador de ficciones. Cada entrevista, tanto como una descripción de un episodio o de un período de su vida, es la creación de un personaje y de una historia alrededor de él. Finalmente cuando leemos estas escenas de una vida de provincias no nos interesa tanto conocer al Coetzee real, como sí el mundo que es capaz de crear, pero no deja de ser inquietante la incapacidad de establecer esa línea entre la realidad y la ficción. Él mismo nunca ha abierto esa puerta y probablemente con justa razón, pues un mundo ficcionado siempre será más rico y atractivo. Tan atractivo como es el imaginar el proceso de estructurar una historia como ésta, y para que desprendido de todo egolatría dé espacio a la crítica a su obra y a su persona, con un notable sentido del humor. Las conversaciones así describen a un Coetzee tremendamente humano, torpe en sus relaciones afectivas y también sexuales, egoísta, alejado irreconciliablemente de su padre pero teniendo que vivir con él, con una abierta incapacidad para llevar las riendas de su vida la manera “normal”.

Vincent por su parte resulta ciertamente una figura fundamental. Un biógrafo ciertamente polémico, que rechazó entrevistar a Coetzee antes de fallecer, que no desea tomar gran parte de los documentos dejados por el escritor y que al momento de elegir a sus entrevistados claramente busca de ellos una información que no siempre están dispuestos a entregarle, la gran mayoría de las veces ligado a su vida amorosa, y que edita en forma antojadiza los textos que posee. Nunca queda claro si realmente pretende realizar un trabajo serio con fuentes inadecuadas o si en su construcción está buscando más bien el impacto y el escándalo, pero su figura permite dar el contrapunto adecuado para la discusión acerca de la obra de Coetzee y ya fuera de la novela da espacio a la reflexión acerca de cómo una misma figura puede ser descrita a través de prismas completamente distintos al abordar una biografía, y lo riesgoso que ello resulta.

Verano es un trabajo arriesgado. Si ya había insinuado en Infancia y Juventud su escaso apego por el género biografíco, en este caso da un paso más allá. Si anteriormente fueron autobiografías noveladas, ahora nos encontramos claramente con una novela con una base autobiográfica. Un nuevo experimento original y exitoso , no con un afan efecticista, que ciertamente Coetzee como narrador no necesita, sino que buscando empujar los límites de la literatura.

diario de un mal año – J.M. Coetzee

Algunas semanas atrás me encontraba en la búsqueda del regalo perfecto (que en mi caso habitualmente se trata de un libro) en una de las varias librerías del barrio, al tiempo que como hago habitualmente, me dedico a observar las búsquedas y comentarios de los demás clientes. Así es como me percato de que ahí estaba una señora bien en sus cincuentas, delgada, pelo negro liso en perfecto peinado, con ceñido abrigo de cuero, me da la espalda mientras mira las estanterías. El dependiente de la librería, de brillante calvicie, la asesora. Yo, unos pasos más atrás, sonrío al encontrar el regalo mientras no me pierdo la situación.

Ella toma 2666 de Bolaño, y dice, más fuerte de lo necesario, ¿sabías que yo a él lo conocí? si claro, yo fui su musa en su momento, -y agrega displicentemente- pero me cansé de él.
Luego prosigue mirando libros hasta que toma Diario de un Mal Año, de J.M. Coetzee.

¿Y éste qué tal es?, pregunta.
¡Malo!, responde grotescamente el dependiente, generando dos reacciones, la de la mujer de rápidamente dejar el libro del Nobel 2003 y tomar el último de mi no muy querido Philip Roth (“Buenísimo”, dice el calvo), y por otro lado una intenso malestar en mi, una extraña mezcla entre rechazo, impotencia, amor propio herido y dolor de espalda. La sensación me lleva últimamente a abandonar la tienda sin siquiera comprar el regalo ya elegido, al tiempo que le escucho decir “es que en cada página hay tres historias, un desastre, muy pretencioso, no se puede ni leer”

“¡Malo!”. Existen libros ¡Malos!? Me imagino que en la secciones de autoayuda y de bestsellers seguro que los habrán. Pero, ¿Es Diario de un Mal Año un libro ¡Malo!?

Hasta ahora no he encontrado un libro de Coetzee que no me haya gustado. Quizás con Vida y Época de Michael K tuve más dificultad para seguirlo, dado un protagonista tan lejano, tan autista, con quien era tan difícil de sentirse interpretado. Pero novelas como Hombre Lento, Desgracia, La Edad del Hierro, o Elizabeth Costello son trabajos magníficos que he disfrutado de sobremanera, y que en su momento volveré a leer sin lugar a dudas.

mal año

Diario de un Mal Año (2007) es un trabajo bastante particular. Siguiendo el experimento novela-ensayo de Elizabeth Costello, ahora Coetzee da un paso más allá. Ahora es una versión ficcionalizada de él mismo quien en medio del proceso de generar una serie de ensayos con título de Opiniones Contundentes a ser editado en Alemania, conoce a Anya, una voluptuosa mujer a quien en un ridículo intento por mantenerla cerca suyo la contrata como su secretaria, encargada de transcribir los textos escritos a mano. Así, cada página aparece dividida en dos secciones, la primera con los ensayos transcritos por Anya (con ocasionales errores de escritura incluidos), mientras en la segunda leemos el diario del mal año del señor Coetzee, a menudo referido como señor C. por la mujer, quien pocas páginas más adelante pasa a tener voz propia en una tercera división de la página.

Las opiniones contundentes del señor C., tal y como es el caso de las lecturas de su otra alter ego, la señora Costello, pueden resultar controversiales, y podría pensarse que de cierta forma Coetzee amplifica sus propios pensamientos aprovechando el formato de novela, y que corresponden no a él mismo, sino que al Coetzee ficcionado, en un juego que el autor probablemente no tendrá el mayor interés en aclarar, y que probablemente no tiene tampoco mayor importancia. Así, son analizados temas como Al Qaeda y el Terrorismo, la Democracia y el Anarquismo, Guantánamo o la Pedofilia, el Lenguaje y las Matemáticas.

Anya transcribe no siempre de buena gana, y le pide a C. si acaso no le apetece mejor escribir una novela (“es lo que se le da bien, ¿no?”). Sin embargo C. le replica: “las historias se cuentan a si mismas, no las cuenta uno… Espera a que la historia llegue por si misma. Espera y confía en que no haya nacido sorda, muda y ciega”, frases que no sorprendentemente recuerdan al rol de Elizabeth Costello cuando se le aparece a Paul Raymond en Hombre Lento, e intenta que su historia, que llegó a ella, que ella no buscó, sea una historia digna de contar, sin realmente lograr sus propósitos.

Tras concluir sus opiniones contundentes, un amargo C. da forma a un segundo diario. Esta vez se trata de pensamientos más bien personales, ideas para relatos, música, entre otros, mientras la relación con Anya sufre un duro golpe con la irrupción de Alan, su pareja, quien aparece esta vez como una cuarta voz.

Diario de un Mal Año sigue así la línea de los múltiples niveles dentro de un mismo trabajo que J.M. Coetzee ha desarrollado en trabajos anteriores. Al contener ensayos conjuntamente con una historia relatada desde puntos de vista diferentes en la misma página puede resultar un desafío, pero curiosamente se deja leer con facilidad. Su formato también permite relecturas posteriores segmentadas, mas lamentablemente no incluye un índice detallado de los ensayos contenidos. Ciertamente el señor C. hasta en su peor año es capaz de brindarnos obras de un nivel extraordinario.

robar es natural

Escribir es un hobby para mi. Un hobby que haría feliz a tiempo completo, tan sólo que si así fuera pasaría períodos prolongados de no hacer nada, si tomamos como parámetro mis niveles de creatividad actuales. En ocasiones la falta de inspiración es frustrante, y desespera pasar el tiempo frente al teclado o frente al papel, esperando por esa mágica primera frase que dará origen a todo, esa primera frase que captura todo lo que quiero decir. Bien lo dice J.M. Coetzee en los primeros dos parrafos de Elizabeth Costello:

En primer lugar está el problema del arranque, es decir, de cómo ir desde donde estamos ahora, y ahora mismo todavía no estamos en ninguna parte, hasta la orilla opuesta. Solo es cuestión de cruzar, de tender un puente. La gente soluciona problemas así todos los días.

Pongamos por caso que lo conseguimos, sea como fuere. Digamos que el puente ha sido construido y cruzado, y que podemos quitarnos el problema de encima. Hemos dejado atrás el territorio en el que estábamos. Y estamos al otro lado, que es donde queríamos estar.

 

En este texto, lamentablemente, aún no hemos llegado al otro lado, pero no pierdo las esperanzas de lograrlo. En mi día a día ciertamente lo logro hacer, lo que es crucial para que mi trabajo sea bien hecho. Pero ése es el trabajo, éste es el hobby. Y en el hobby tiene que surgir esa primera frase, y luego, lo que se ha de narrar debe ser atractivo, y esa atracción debe mantenerse durante todo el relato, que en mi caso será muy probablemente una historia breve que no puede permitirse un párrafo innecesario, como éste.

Entonces está el problema del arranque, luego está el problema del contenido, y al mismo tiempo surge el problema de dar con el personaje y con su lenguaje, lograr que el personaje logre una vida propia, y es entonces cuando me decido a robar directamente desde mi vida. Y aquí estoy, viendo un nuevo personaje, una nueva historia en cada persona en la calle, en cada frase de mis pacientes, en cada trivial encuentro social, inconscientemente diseccionándolos para ver qué robar. Veo a cada posible víctima de robo hacerse y deshacerse en su nueva realidad literaria con una velocidad que me asombra. Literalmente los veo derretirse en cosa de segundos. En ocasiones trato de conservarlos en su forma, mantenerlos congelados para que obedientemente luego vuelvan a la acción según mi voluntad, pero lamentablemente casi todos terminan derretidos en el período que pasa entre la inspiración y la transcripción. 

Entre semejante masacre de personas derretidas a veces puedo distinguir sus restos: a la seguidora de osho con insomnio y estrés todavía puedo distinguirle su huesuda complexión, de la anciana librepensadora con traje en combinación de fucsias por supuesto que queda esa sensual ausencia de párpado inferior del ojo derecho y misteriosamente aún es capaz de hablar en su forma muy particular. Pero si de sorpresas se trata ahí está el oficinista de turnos nocturnos que se mantiene curiosamente íntegro, pero en un ambiente de mantequilla, mas no pierdo las esperanzas de que conozca al guardia del edificio del que sólo conservé su linterna. Es tan sólo cosa de tiempo para dar ese gran golpe y eliminar toda evidencia de mi pequeño robo.

j.m. coetzee – el maestro de petersburgo

Aquel fue uno de mis mejores veranos. Tardes enteras, mañanas y noches también, dedicadas a leer y releer las 657 páginas de una de las más grandes obras de la literatura universal. Por supuesto, de ello sólo me enteraría un par de años más tarde. Ese verano era únicamente una novela que me estaba transformando. Haber encontrado Crimen y Castigo en medio de una biblioteca que privilegiaba novelas bélicas, ciencia ficción, libros de vaqueros y best sellers olvidados en el tiempo, sin lugar a dudas fue un golpe de suerte.

Cautivo desde la primera página, en que el joven Raskolnikov, Rodia para sus amigos, se esconde de la dueña del mísero cuarto que arrienda. Impactado por la brutalidad con que unas 50 páginas más adelante, asesina a la usurera prestamista. Y aún quedaba tanto más.

Sospecho que en su momento también existió un joven John Maxwell Coetzee maravillándose con la historia y las implicancias de Crimen y Castigo, así como también con El Idiota, Los Endemoniados y Los Hermanos Karamazov, y en 1994 esa admiración tomó forma de novela.

En El Maestro de Petersburgo, Fedor Dostoievsky se transforma en el protagonista de una novela que bien podría haber sido escrita por si mismo. Así, El Maestro.. ficcionaliza un período de la vida del ruso a partir del cual podría haberse gatillado una de sus más importantes obras. Leer cada página de esta novela es volver a la atormentada Rusia de la segunda mitad del siglo XIX, esa Rusia que era caldo de cultivo para los cambios que se harían realidad en el siglo XX.

De manera similar a ver la película tras leer el libro, leer El Maestro de Petersburgo sin conocer las obra del ruso es un ejercicio interesante, pero incompleto. Cuando se es capaz de reconocer los hechos y personajes, y asociarlos y pensar que pudieron inspirar obras maestras, es imposible que no se genere una emoción intensa capaz de erizar los pelos, de sentir frío en la espalda sospechando lo que entonces está por venir. Y lo que está por venir no es sino un climax marcado por los hechos que gatillarán la escritura de Los Endemoniados.

Por supuesto, la situación es al revés. Coetzee domina de tal manera la obra de Dostoievsky que es capaz de crear este dostoievskiano mundo para explicar la génesis de su obra. El Maestro.. no es sino un acto de humildad y agradecimiento, una forma abierta de asumir una influencia y crear con ello algo único. Una invitación a explorar la obra de Dostoievsky una vez más, y desde luego a seguir muy de cerca a Coetzee.

j.m. coetzee – desgracia

¿Por donde comenzar? Leer a Coetzee es un placer. Su narrativa fluye con gracia, en un estilo inconfundible. Es capaz de crear personajes que si son tan queribles es porque en su complejidad e imperfección se hace difícil no lograr un sentido de identidad. Desgracia, de 1999, es un perfecto ejemplo de lo anterior.

¿Qué hace un académico con una contundente formación y arraigo en la civilización occidental al de pronto verse caído en desgracia, rechazado y despreciado por su medio y arrojado a un mundo donde su erudito conocimiento resulta frustrantemente inútil? Una de las múltiples reflexiones de Desgracia -y por cierto, de la obra de Coetzee- es este choque de mundos. David Lurie se enfrenta al nativo Petrus en una contienda que no tiene posibilidad alguna de ganar, y para mayor desgracia suya, su hija hace tiempo ha aceptado y comprendido la derrota. Es una abrumadora barrera lingüística-cultural que se impone y que impide que Lurie logre producir un cambio en la naturaleza de las cosas. Una y otra vez resultan ineficaces las acciones de este hombre, suerte de antítesis de Michael K, el nativo iletrado protagonista de la novela de Coetzee de 1983.

David Lurie se ve también confrontado con su propia naturaleza. ¿Cuán diferente es él de los hombres que violan a su hija? ¿Es que acaso su erudita explicación para su casi-violación de Melanie lo hace distinto a unos hombres que violan a su hija como medio de marcar su territorio?.

Progresivamente David Lurie cambia. Cambia el argumento de su opera sobre Byron y lo transforma en no más que una cantata en banjo, al tiempo que finalmente logra desprenderse de su hija, y desarrolla un inicialmente improbable aprecio por los animales abandonados aún sabiendo que lo que haga por ellos no cambiará nada. Pese a ello Lurie no deja de ser quien es, y tal como en un comienzo, continúa necesitando saciar su deseo con prostitutas. Ha cambiado, pero sin dejar de ser quien era.

Desgracia es una novela compleja, densa en sus temáticas, con múltiples aristas, pero que al mismo tiempo se deja leer con soltura, incluso en los pasajes más crudos, sobre los cuales Coetzee no lima aspereza alguna. Una novela que deja más que claro el por qué J.M. Coetze es un clásico moderno.