empaque

¿Le parece bien éste?, pregunta la dependiente. ¿Le parece bien?, vuelve a preguntar al no tener respuesta. Lo que pasa es que sólo nos queda papel rosado, se nos acabaron los otros, es que eran tan bonitos, hubiese llegado un poquito más temprano y los habría visto. Está bien, son para niña. Ah, le va a gustar entonces el rosado, yo no se por qué eso del rosado para niñas y celeste para niños, pero ¡fíjese lo cierto que es!. Ya, empiezo a hacer su paquetito entonces, sabe, yo tengo 3 niñas, la mayor tiene diez y ya se preocupa de vestirse como señorita, las otras dos salieron más seguiditas, tienen cuatro y cinco, y les gusta todo, todo rosado. ¿Oiga pero de verdad no le molesta que queden todos iguales?.

Fatigada, la compradora dirige su mirada a la regordeta mujer, que parecía genuinamente preocupada. Es que acaso.. se detiene, no ve el sentido a preguntar si es que acaso tiene alguna opción, no quiere discutir: Está bien, todos rosados. Lo que pasa es que ya se nos acabaron, como es bien tarde ya, no es que no quiera, si hoy se ha vendido harto, y de las verde claro y las celestes ya no quedan, ni en la bodega.

¿estamos realmente hablando todavía de papel?, piensa la mujer. El discurso se extiende más allá de lo deseable y para soportarlo, busca fijar su mente en sus dedos, que puede imaginar hinchados, violáceos, sosteniendo más bolsas de las que eran realmente necesarias. Pero ¿desde cuándo es lo necesario lo que importa? Ella no quiere estar aquí, pero ¿dónde podría estar? no puede pensar en ningún lugar. Ningún lugar parece mejor que la sección de empaque, en temporada de regalos. Piensa en ello y entonces lo siente venir como una revelación: cuán patética ha llegado a ser. Y de pronto ya no piensa en sus dedos hinchados, ahora no puede dejar de pensar que a esta hora ya le es imposible fingir que está bien, fingir que es una feliz compradora de regalos.

El empaque tarda más que lo habitual, la vendedora es nueva, se equivoca, comienza de nuevo, pide disculpas y no deja de hablar. Ahora pregunta por cómo está afuera, que escuchó que llovía, que no trajo nada para abrigarse, qué irónico que venda tanta ropa y ella no tenga qué ponerse, que le revisan si se lleva ropa de la tienda a la salida, que ella jamás robaría de su trabajo y que todo lo hace con el sudor de su frente. No sabe cuánto tiempo más podrá escucharla hablando de los paquetes de regalo sin estallar en llanto.

Finalmente cae una lágrima, que seca rápido. ¿alguien la habrá visto?. Recibe los tres paquetes en papel a franjas rosadas y con rosas violetas y se retira a paso largo. De pronto llegar a casa parece ser la opción más tolerable. Llegar a casa, dejar las bolsas en perfecta posición, para luego pronto preparar su cóctel favorito para que vuelva todo a donde debe estar.

¿Lo hice mal? ¿se habrá enojado conmigo? Lo hago muy lento, ¿cierto? disculpe, es que soy nueva, le dice al siguiente en la fila, que sólo piensa en por qué lloraba esa mujer.

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instante presente

Un día nublado pero no tan frío, nada que no resuelva con su bufanda. Camina sin saber donde ir, eso quisiera pensar, pero siempre sabe dónde va. Piensa en un libro, Hombre Lento de Coetzee, desearía volver a leerlo, la mejor primera página que pueda recordar. Sin embargo sabe que no lo encontrará, sabe que no pasará la puerta de la librería cuya vitrina mira en este instante, teme enfrentar al dependiente y enfrentarse a que no lo encontrará. ¿Qué haría? ¿es que acaso es posible marcharse cuando le digan que su libro -que ya sabe que no está- no está? Sigue de largo y se siente un poco tonto. En el camino está el restorán y de pronto imagina encontrará una cara conocida. Su respiración se agita, puede sentir sus latidos. No está, camina de vuelta. Se siente un poco más tonto.

Suficientes vueltas. Llega a casa y piensa en el desorden, por lo que ordena. Ordenar siempre lo relaja. Piensa en comenzar a estudiar, pero luego piensa en ver una película. Ahí tiene Otra Tierra, pendiente por ver, y la ve. Durante algunos minutos tras terminar no sabe muy bien qué pensar, y piensa eso ya es algo bueno. Volverá a pensar en ello más tarde.

Va al baño y se mira en el espejo. Ahí, en la frente, una picadura que no había sentido. Se extraña, y se toca. Si, ahí está, y pica un poco ahora que la ve. Abre la llave para lavarse las manos. El chorro de agua se escucha muy claro, se sorprende en pensarlo, al tiempo que puede sentir con claridad el como suena el jabón entre sus manos. No recordaba haberlo sentido antes. El ruido del tráfico pareciera desaparecer, de pronto es todo silencio roto sólo por el agua y el jabón en sus manos. Sonríe, vuelve al espejo y vuelve a su picadura.

¿Significa algo todo esto? un pequeño temblor frío recorre sus brazos y luego su espalda. Está escribiendo sobre lo que le pasa, y se da cuenta que es la única forma de decir lo que siente. Se detiene en el instante presente.

monólogos (i): los comunistas somos así

Sabe usted que yo no le he trabajado un día a nadie. Claro, si yo soy comunista, así somos nosotros. Yo estuve muchos años en el exilio, y me pagaban todo, en Venezuela, luego en Francia -nunca quise aprender Francés para que no me hicieran trabajar-, luego en Australia. Ahí sí que aprendí el idioma, pero porque conocí a una australiana, preciosa ella, todas sus cositas en su lugar, sabe, además buena para bueno, usted sabe, para el sexo. Si yo gorrié como quise a mi señora que se quedó aquí en Chile. Buena mujer, pero uno es hombre pues, tiene necesidades. Y me lo perdonó todo sabe, cuando llegué a Chile sin un cinco, con lo puesto, si la australiana me echó en cuanto supo que yo tenía señora, y ya acá Pinochet ya se había ido, así que no tenía nada más que hacer afuera. Cuando volví ella no me preguntó nada tampoco, pero igual se las reconocí todas, le conté todos los nombres, cada chiquilla que tuve, todas las canitas al aire, y es que ¿cómo no le iba a contar? Esa mujer es una santa, aunque se supone que nosotros los comunistas no creemos en eso, pero usted sabe, la señora ya es mayor, ya no me consiente en esas cosas, se queja mucho, así que me esfuerzo por seguir fiel. Dicen que los ginecólogos les pueden dar cosas para eso, ¿qué opina usted? a mi ya me dice que esas son cosas de jóvenes, pero yo creo que se puede.

Así que los comunistas somos una manga de flojos fíjese. Yo a mis años me doy cuenta de eso, pero para qué cambiar, y menos teniendo toda la salud gratis, que es lo que a mis años da más gastos, y más encima que mis hijos, que ganan harta plata en Estados Unidos, me depositan todos los meses unas buenas lucas, así que moriré de pulmones vírgenes nomás.

Oiga lindo reloj, ¿le gustan los relojes? mire, vendo barato unos bien elegantes, me los trae mi hijo, trabaja en una línea aérea, siempre se pierden en los aviones, igual que los lápices, le voy a traer uno de regalo. Mi señora le dice que no haga estas cosas, que lo pueden despedir, pero qué tanto, si todos robamos un poco, un poco no se nota.