la nueva sangre de Peter Gabriel

Cuando un músico decide hacer una gira con orquesta es bastante esperable que al menor por parte de sus fans se generen ciertos temores. En general los resultados de esos emprendimientos son más bien irregulares, con orquestas jugando el rol de un -muy caro- accesorio para la presentación de una banda, como se ha criticado a un contemporáneo como Sting y su Symphonicities. En el caso de Peter Gabriel y su gira New Blood la promesa era de estar ante algo diferente, basado en su política de “no guitarras, no bajo, no batería” implica que aquí la orquesta tomaría total protagonismo.

Las expectativas y los cálculos sin embargo quedan cortos cuando estás en un Movistar Arena casi lleno, ves cómo se instala la New Blood Orchestra junto a Gabriel y escuchas la perfecta partida con Heroes de David Bowie, al tiempo que sientes cómo se erizan los pelos con ese perfecto arreglo minimalista para cuerdas.

Gabriel ciertamente confía en la calidad de su show y prosigue sin apoyarse en sus singles más exitosos durante toda la primera mitad del show. Además del ya mencionado Heroes, el disco de versiones Scratch My Back (2011) es recordado con Après Moi, con el dramatismo del piano de la original de Regina Spektor aumentado por el arreglo orquestal, mientras Gabriel, con su expresivo registro aporta un matiz más oscuro a la composición. Aquí también se hace notorio el muy logrado apoyo visual a través de iluminación y pantallas gigantes con animaciones acordes a cada cada canción.

Rápidamente podemos notar que Gabriel está en perfecta forma vocal, siendo capaz de imprimir el carácter adecuado a cada uno de los temas. Además se muestra participativo con su audiencia, hablando o leyendo en español explicaciones a buena parte de los temas.

Pronto en el show hace un saludo a Chile con un recuerdo de su compromiso de larga data con la lucha por el respeto a los derechos humanos: Wallflower, interpretada con la orquesta dando los toques precisos para potenciar el dramatismo y humanidad de sus letras. Más adelante vendría otra canción/himno emblemática, Biko, con todo el público siendo dirigido por el conductor Ben Foster para su coro.

San Jacinto, I hold the line..

Ciertamente muchas de las composiciones de Gabriel podrían imaginarse con un arreglo sinfónico, siendo ello especialmente cierto para aquel material más expansivo, experimental, o quizás incluso “progresivo”. Ahí está Signal to Noise, el épico climax de su disco Up, un intenso llamado a retener la señal dentro de un mundo lleno de ruido, que aquí llega a niveles insuperables en su sección final, ahora totalmente instrumental. En el otro lado del espectro sinfónico está San Jacinto, donde un arreglo minimalista captura la esencia de la original y la transforma en una composición (aún más) de otro planeta. Las disonancias alternadas por melodiosidad de esa fantástica exploración de los miedos que es Darkness también se traducen de excelente forma al arreglo orquestal.

Otro de los tantos momentos notables resultaron los temas en que se reemplazó percusión por orquesta. Intruder, clásico de su tercer disco no perdió ni un poco de su agresividad, con una interpretación vocal con un perturbante tono. Rhythm of the Heat, en tanto, quizás mi tema favorito de todo el catálogo de Gabriel, resultó el momento más intenso de la noche, con su amenazante primera sección y una sección final ahora orquestal, sencillamente demoledora.

La traducción sinfónica para los éxitos de Gabriel resultan casi sin excepción destacables. Si bien en Digging in the Dirt la orquesta me resultó más bien intrusiva y la canción perdió esa exquisita agresividad presente en su versión original, para otros clásicos como Mercy Street, Solsbury Hill (Himno a la Alegría incluído), así como las infaltables In Your Eyes y Don’t Give Up (en que muchos no extrañamos a Kate Bush gracias a un notable apoyo vocal femenino) el arreglo sinfónico jamás hizo que se perdiera la exquisitez pop de esas canciones.

Como en pocas ocasiones en el pasado, al término del show quedo sonriendo. Y es una sonrisa que se ha mantenido. Es la sensación de haber estado ante la demostración de que incluso ideas tan repetidas como la “gira con orquesta” pueden brindar resultados asombrosos. La sensación de que un personaje como Peter Gabriel, a sus 60 años, aún es capaz de sorprendernos, si no con material nuevo, con una nueva mirada a una obra que sabe perdurar en el tiempo. De eso se trata esto de la Nueva Sangre. Sin lugar a dudas uno de los mejores recitales que he presenciado.

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