decir la verdad

Fines de 2005, sala de Medicina Interna de un hospital público. Llega hoy un paciente a hospitalizarse, don Juan, un caballero de sesenta años acompañado por su señora. En la documentación de ingreso aparece claramente “Cancer gástrico”, y la señora rápidamente me dice, apartándome hacia un lado, “doctor, mi marido no sabe”.

Miro al paciente, se ve en sus cabales, orientado y lúcido. Miro a la señora, nerviosísima y al borde del llanto. Mientras él se instala en cama de sala común la aparto al pasillo y le explico que siempre es mejor que el paciente sepa la información, que ciertamente hay formas y formas de hacerlo, dependiendo de cada paciente y cada situación, pero que no espere que yo le vaya a negar información si él la solicita.

Comienzo a tomar los antecedentes, a escribir su historia clínica y a revisar sus exámenes previos y comienza rápidamente la sensación de estupor, de rabia. Leo que el paciente cuenta con una endoscopia digestiva de comienzos de 2004 que muestra lesiones compatibles con un cáncer gástrico incipiente, con biopsias confirmatorias. ¿Qué significa esto? que en 2004 este paciente podría haberse realizado una mucosectomía, procedimiento endoscópico en que se extrae la lesión tumoral, y que puede llegar a ser curativa, sin requerir cirugía.

¿Qué se hizo en este caso en cambio? La familia decidió ocultar el diagnóstico al paciente, temerosos de lo que podría pasar, aprovechando que un déficit visual le impide la lectura. La hija -médico veterinario- le dijo a la madre: si lo operamos quedará con una cicatriz gigante, y quedará postrado en la cama. Decidieron ir donde una “doctora naturista” que al ver los exámenes decidió que lo mejor que podría recibir don Juan era agua de llantén. Y como se sintió tan bien con el agua de llantén, siguió tomándola. Pero no creamos que la doctora naturista era una inconsciente, no no no: solicitó una endoscopia de control nueve meses después, que volvió a mostrar el cáncer, y luego siguió con el llantén.

Claro, hasta hace un mes, cuando comenzó con dolores insoportables cada vez que comía, junto a nauseas y en ocasiones a vómitos, hasta terminar sólo soportando tomar líquidos, y bajando más de 10 kilos en ese mes. Aún no hacemos una nueva endoscopía, pero no hay que ser médico para saber qué es lo que probablemente pasó.

Sólo entonces la familia pensó que sería adecuado que un médico viera a don Juan, y lo llevaron al consultorio, donde espantados con el cáncer diagnosticado hace casi dos años lo derivan al hospital.

Lleno de rabia, rabia que debo mantener para mi, de no demostrar nada en mi expresión, me acerco donde la señora. Trato de mantener la calma mientras le explico la situación, y le dejo bastante en claro que hace dos años las cosas habrían sido muy distintas. Ella parece entender lo que le digo, y creo que entiende que en frases de buena crianza en el fondo le estoy diciendo con claridad: Señora, usted condenó a muerte a su marido. Por supuesto que en esto no estuvo sola: fue ella, fue el marido que no preguntó, la hija, la terapeuta naturista, todos.

Veremos ahora cómo le explicaré esto a don Juan.

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2 pensamientos en “decir la verdad

  1. Podría ser la historia de don Juan, la de la pequeña y mediana minería, la de la eduación… En fin, tantas…

    Buen relato. Ah, y ¡ánimo en su trabajo, doctor! :)

    Saludos

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