colecciones

Voy en el metro y frente a mí va una niña con su cartera. La abre y saca su colección de láminas, que parecen ser autoadhesivas, todas de perros. No de gatos ni canarios, sólo perros. Los bordes están en su mayoría desgastados, y el fajo de láminas en sí mismas en desorden, asomando entremedio monedas de 1 y 5 pesos, que son con prontitud descartadas y caen al piso en un sonido tan ínfimo frente al del metro en marcha que no se escucha, ni orientan respecto a donde han ido a parar. Revisa las láminas sin mostrar mayor interés, rápido, pero sin perderlas de vista. Pronto me doy cuenta que lo que hace es sacar aquellas que tiene repetidas, y se las pasa al padre. Pronto el padre tiene un número no menor de láminas, y si pudieramos saber lo que piensa seguramente estaría pensando en qué hacer con las láminas, si las puede botar o si no se verán bien pegadas en la ventana del vagón. No pareciera ser un hombre muy aficionado a semejante tipo de colecciones, le estorban en sus manos cansadas. La niña en cambio sonríe cuando se da cuenta que pese a tantas láminas repetidas, por fin las tiene todas tras ese intercambio con su compañera de curso.

Hace años leí un libro, La Gran Colección. Intentar recordar el autor sería un esfuerzo en vano, y no recuerdo mayor cosa del texto, pero sí que fue de los primeros libros que leí por decisión propia, escarbando en la gran biblioteca de la casa, por cierto gran en cantidad, mas no necesariamente en calidad. En ese mismo tiempo también encontré Crimen y Castigo de Dostoievsky, un libro que dejó huellas profundas y cambió mi forma de entender la literatura, la que nunca más fue mera diversión. La Gran Colección no hizo eso, y probablemente si lo leyera hoy lo descartaría como otro best seller más. No buscaré el libro para salir de la duda (lo que no es realmente cierto, no lo buscaré porque tras la reciente mudanza si bien no lo busqué, tampoco apareció). Por otro lado, buscar por internet un libro con un nombre así sería una experiencia suficientemente tediosa como para siquiera intentarlo, y para demostrarlo lo busqué, encontrando grandes colecciones en miles de agobiantes resultados.

Lo que si tenía ese libro era un surrealismo exquisito, o al menos lo suficiente como para cautivar a un jovencito inexperto en todas las artes como lo era yo. Un hombre, en medio de la nada, encuentra una enorme colección. ¿De qué? si mal no recuerdo era algo así como la bodega de un museo de historia natural. No recuerdo bien si además había arte. Puede que si. Si, de hecho lo había. El final no lo recuerdo, pero puedo inferir que un día la colección desapareció tan súbitamente como aparecío. Así son las cosas en la vida, no siempre tan mágicas, pero más seguido de lo que quisieramos creer tanto o más surrealistas.

Colecciones. Libros, música, monedas, estampillas, personas, cosas, cosas, ese afan por poseer es tan humano. Acaso una necesidad de plasmar de alguna manera lo que somos. Acaso lo que desearíamos ser.

Y ese padre no tiene interés alguno en ser un perrito autoadhesivo.

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Un pensamiento en “colecciones

  1. Muy bueno el post, Jorge. Buena reflexión a partir de tu viaje en metro. El afán de poseer está por todas partes. Bien es verdad que unas cosas son más fáciles de poseer que otras, igual por eso las coleccionamos…
    Saludos cordiales.

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