ochenta

Mayo de 2007. Una mujer de unos ochenta años llega de urgencia, lleva varios días con dolor abdominal, nauseas y vómitos, apenas y ha podido comer algo. Algo deshidratada, desde hoy febril.

Decido enviarla al hospital, donde fallece esa noche.

Cinco días después un anciano en sus ochentas llega a consultar. Le duele la espalda, le duele la cabeza, dice no dormir muy bien. Su espalda contracturada, su presión arterial por las nubes.

-Doctor, usted vio a mi señora el otro día.
-¿Ah si? ¿Cómo se llama?

Al escuchar el nombre pude entender mejor. Un cierto sentimiento de culpa se apoderó de mi, culpas no sólo mías, sino de todo un equipo que quizás no detectó cosas a tiempo. Una sensación culposa por cierto injustificada, pero no por ello menos real. Darse cuenta de que este hombre está aquí no tanto por el insomnio, ni por el dolor, sino más bien buscando una explicación, algo que permita un consuelo, o quizás tan sólo un desahogo. Y entonces las preguntas ¿Confía en mi? ¿Confiaría yo en mi estando en su situación? ¿Qué espera de mi?

Perder de pronto aquello que pensaste que siempre tendrías, aquello que ya era parte de ti. ¿Podría yo acaso?

Enero de 2008. Más de seis meses después lo veo en la sala de espera. Revisando la ficha me entero que en septiembre intentó suicidarse, se tomó todas las pastillas que encontró. Pero ya no haría esa tontera oiga, no pues.

Hace quince días murió su hermano, una trombosis, dice. Está triste. Pero sé que es la vida, sabe, ahora veo las cosas de otra forma. Tengo un nieto que crié como un hijo, no quise que el que dejó embarazada a mi hija lo reconociera. Quiero que termine los estudios, quiero estar sano para eso. Ahora no veo mucho, me operaron hace poco de la vista, particular me lo hice pues, si en el hospital no tenía para cuando. Ahora el treinta y uno tengo control con el doctor, a ver si me saca los puntos, me dijo que no podía hacer esfuerzos, así que no he trabajado nada, pero yo no estoy habituado a estar así pues. Trabajamos harto con mi vieja, ahorrábamos nuestros pesitos y ahora por eso estoy tranquilo, le dimos educación a los hijos, pero quiero trabajar.

Uno de sus hijos quiere internarlo en una clínica para hacerle exámenes. Pero yo soy así como me ve pues, soy un hombre de campo, no me gusta vestirme bien y usted sabe, uno tiene sus maneras. Qué voy a ir allá donde esa gente bonita, si uno tiene que estar donde le corresponde. Ahí estaría jugoseando nomás, como dice el nieto.

Y lo veo sonreír.

Es una sonrisa pura, transparente, que sólo puede surgir cuando el dolor ha cedido. Una sonrisa que envidio.

Anuncios

Un pensamiento en “ochenta

  1. Tus relatos fluyen Jorge…
    Nosotros, que trabajamos con personas, nos tenemos que detener todos los dias a mirar lo sencillo del paisaje, y lo complejo del alma.
    La paz se encuentra con el tiempo, aun estamos llamados a ser inquietos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s